Los Pitagóricos y el culto a las Matematicas.

El pitagorismo fue un movimiento filosófico / religioso de mediados del siglo VI a. C. fundado por Pitágoras de Samos, siendo ésta la razón por la cual sus seguidores recibían el nombre pitagóricos. Estos formaban la Escuela pitagórica, secta conformada por astrólogos, músicos, matemáticos y filósofos, y cuya creencia más destacada era que todas las cosas son, en esencia, números.

Algunos de ellos fueron:

Busto de Pitágoras

– Epicarmo de Megara.

– Alcmeón de Crotona.

– Hipaso de Metaponto.

– Filolao de Crotona.

– Arquitas de Tarento.

El filósofo Jámblico de Calcis confeccionó un supuesto catálogo de los Pitagóricos.

Este movimiento inventó los números irracionales,​ aunque exigía a sus seguidores que lo mantuvieran en secreto. Se cree que el pitagórico Hipaso de Metaponto reveló el secreto y, según la leyenda, fue ahogado por no mantenerlo.

El pentagrama (estrella de cinco puntas) fue un importante símbolo religioso usado por los pitagóricos, que lo denominaban «salud».

Cosmología pitagórica

Pentagrama incluido en el libro De occulta philosophia libri tres (Tercer libro de filosofía oculta) de Enrique Cornelio Agripa.

El pensamiento pitagórico estaba dominado por las matemáticas, a la vez que era profundamente místico. En el área de la cosmología no hay acuerdo sobre si el mismo Pitágoras impartía enseñanzas, pero muchos eruditos creen que la idea pitagórica de la transmigración del alma es demasiado importante para haber sido añadida por un seguidor posterior a Pitágoras. Por otra parte, es imposible determinar el origen de la doctrina pitagórica de la sustancia. Parece que la doctrina pitagórica parte de la doctrina de Anaximandro sobre la última sustancia de las cosas como “lo ilimitado”. Un pupilo de Anaximandro, Anaxímenes, contemporáneo de Pitágoras, dio una explicación de cómo lo “ilimitado” según Anaximandro tomó forma, por condensación y refracción. Por otra parte, la doctrina pitagórica dice que mediante la noción de “límite” lo “ilimitado” toma forma.

Diógenes Laercio (sobre 200 d. C.) cita el libro Sucesiones de Filósofos de Alejandro Polyhistor (sobre 100 aC). Según Diógenes, Alejandro tuvo acceso a un libro llamado La memoria pitagórica en su relato de cómo fue construida la cosmología pitagórica:

El principio de todas las cosas es la mónada o unidad; de esta mónada nace la dualidad indefinida que sirve de sustrato material a la mónada, que es su causa; de la mónada y la dualidad indefinida surgen los números; de los números, puntos; de los puntos, líneas; de las líneas, figuras planas; de las figuras planas, cuerpos sólidos; de los cuerpos sólidos, cuerpos sensibles, cuyos componentes son cuatro: fuego, agua, tierra y aire; estos cuatro elementos se intercambian y se transforman totalmente el uno en el otro, combinándose para producir un universo animado, inteligente, esférico, con la tierra como su centro, y la tierra misma también es esférica y está habitada en su interior. También hay antípodas, y nuestro ‘abajo’ es su ‘arriba’.

Diógenes Laercio, Vitae philosophorum VIII, 15.

Esta cosmología inspiró al gnóstico árabe Monoimus, que combinó este sistema con el monismo y otros aspectos de su propia cosmología.

Desarrollo histórico

Después de los milesios, el siguiente movimiento filosófico importante (cronológicamente hablando) fueron los pitagóricos. Tras las luchas políticas de mediados del siglo VI a. C., la escuela pitagórica fundada en Crotona (Italia) fue destruida y la emigración de los pitagóricos y de sus doctrinas se realiza hacia la metrópoli, donde hacia esa época comenzaron a difundirse. A fines del siglo VI a. C. la filosofía se traslada de las costas de Jonia a las de la Magna Grecia, al sur de Italia y a Sicilia, y se constituye lo que Aristóteles llamó la escuela itálica.

Misticismo y ciencia

Pocos rasgos hay que distingan aquí al pitagorismo de una simple religión mística, pero los pitagóricos figuraban, en el siglo VI, entre los principales investigadores científicos. Pitágoras se interesó tanto por la ciencia como por el destino del alma. La religión y la ciencia no eran para él dos compartimentos separados sin contacto alguno, sino más bien constituían los dos factores indisociables de un único estilo de vida. Las nociones fundamentales que mantuvieron unidas las dos ramas que más tarde se separaron, parecen haber sido las de contemplación, el descubrimiento de un orden en la disposición del universo, y purificación. Mediante la contemplación del principio de orden manifestado en el universo, especialmente en los movimientos regulares de los cuerpos celestes, y asemejándose asimismo a ese orden, se fue purificando progresivamente el hombre hasta terminar por liberarse del ciclo del nacimiento y adquirir la inmortalidad.

Biografía de Pitágoras

Pitágoras nace en el 570 a. C. proveniente del Asia menor (Isla de Samos). Más tarde se traslada a Crotona al ser desterrado por Polícrates de Samos. Se le atribuyen varios viajes a oriente, entre otros a Persia, donde hubo de conocer al mago Zaratás, es decir, a Zoroastro o Zaratustra. De los egipcios heredó la Geometría y el arte de la adivinación; de los fenicios aprendió la aritmética y el cálculo, y de los caldeos la investigación de los astros.

Del Pitagorismo al Neopitagorismo

Los pitagóricos se establecieron en una serie de ciudades de la Italia continental y de Sicilia, y luego pasaron también a la Grecia propia. Formaron una liga o secta, y se sometían a una gran cantidad de extrañas normas y prohibiciones; no comían carne ni habas, ni podían usar vestido de lana, ni recoger lo que se había caído, ni atizar el fuego con un hierro, etc. Resulta difícil comprender el sentido de estas normas, si es que tenían alguno. Algunos comentaristas tardíos como San Hipólito del siglo III refieren que los adeptos se distinguían entre sí como novicios o iniciados. Los primeros solo podían escuchar y callar (exotéricos y acústicos) mientras que los segundos (esotéricos o matemáticos) podían hablar y expresar lo que pensaban acerca de las cuestiones científicas de las que se ocupaba la escuela.

La liga pitagórica tenía una tendencia contraria a la aristocracia; pero acabó por formar una e intervenir en política. Como consecuencia de esto, se produjo una violenta reacción democrática en Crotona, y los pitagóricos fueron perseguidos, muchos de ellos muertos, y su casa incendiada. El fundador logró salvarse, y murió, según se dice, poco después. Más tarde alcanzaron los pitagóricos un nuevo florecimiento, llamado el neopitagorismo, basándose en aplicar la mente a los resultados dados por los conocimientos pitagóricos.

Doctrina

Pero más que esto interesa el sentido de la liga pitagórica como tal. Constituía propiamente una escuela (en griego escuela significa ocio). Esta escuela está definida por un modo de vivir de sus miembros, personas emigradas, expatriadas; forasteros, en suma. Según el ejemplo de los juegos olímpicos, hablaban los pitagóricos de tres modos de vida: el de los que van a comprar y vender, el de los que corren en el estadio y el de los espectadores que se limitan a ver. Así viven los pitagóricos, forasteros curiosos de la Magna Grecia, como espectadores. Es lo que se llama el bios teoretiós, la vida teorética o contemplativa. La dificultad para esta vida es el cuerpo, con sus necesidades, que sujetan al hombre. Es menester liberarse de esas necesidades. El cuerpo es una tumba (soma sema), dicen los pitagóricos. Hay que superarlo, pero sin perderlo. Para esto es necesario un estado previo del alma, que es el entusiasmo (no debemos pensar lo que actualmente pensamos por entusiasmo, sino que debemos remitirnos al término en griego: ἐνθουσιαζόντoς; este término quiere decir estar lleno de Dios, poseído, pero no en un sentido peyorativo, sino que simplemente la persona presta su ser para que el dios, generalmente las musas, hablen por medio de él). Aquí aparece la conexión con los órficos y sus ritos, fundados en la manía (locura) y en la orgía. La escuela pitagórica utiliza estos ritos y los transforma. Así se llega a una vida suficiente, teorética, no ligada a las necesidades del cuerpo, un modo de vivir divino. El hombre que llega a esto es el sabio, el sophós (parece que la palabra filosofía o amor a la sabiduría, más modesta que sofía, surgió por primera vez de los círculos pitagóricos). El perfecto sophós es al mismo tiempo el perfecto ciudadano; por esto el pitagorismo crea una aristocracia y acaba por intervenir en política. Los pitagóricos seguían una dieta vegetariana a la que llamaban por aquel entonces dieta pitagórica.

Números y figuras geométricas

Pentagrama: los pitagóricos usaron este símbolo como un signo secretopara reconocerse unos a otros. Representa el número cinco, la vida, el poder y la invulnerabilidad.
De entre las numerosas contribuciones matemáticas que se atribuyen a los pitagóricos destacan por su importancia las algebraicas y geométricas. Filosóficamente, la concepción pitagórica del número lo hacía omnipresente, esencia de todas las cosas.

Según Neugebauer, a partir de su interpretación de las tablillas cuneiformes de este siglo, “lo que se llama pitagórico en la tradición griega debería probablemente ser llamado babilonio“, pues los pitagóricos habrían aprehendido sus conocimientos matemáticos en la aritmética y en el álgebra de los babilonios. Más tarde, imprimieron estos conocimientos en su propio estilo con un carácter específicamente griego, anteponiendo al carácter operativo e instrumental de los babilonios el rigor lógico y la demostración matemática.

Los pitagóricos hacen el descubrimiento de un tipo de entes, los números y las figuras geométricas que no son corporales, pero que tienen realidad y presentan resistencia al pensamiento; esto hace pensar que no puede identificarse sin más el ser con el ser corporal, lo cual obliga a una decisiva ampliación de la noción del ente. Pero los pitagóricos, arrastrados por su propio descubrimiento, hacen una nueva identificación, esta vez de signo inverso: el ser va a coincidir para ellos con el ser de los objetos matemáticos. Los números y las figuras son la esencia de las cosas; los entes son por imitación de los objetos de la matemática; en algunos textos afirman que los números son las cosas mismas. La matemática pitagórica no es una técnica operatoria, sino antes que ello el descubrimiento y construcción de nuevos entes, que son inmutables y eternos, a diferencia de las cosas variables y perecederas. De ahí el misterio de que se rodeaban los hallazgos de la escuela, por ejemplo el descubrimiento de los poliedros regulares. Una tradición refiere que Hipaso de Metaponto fue ahogado durante una travesía o bien naufragó, castigado por los dioses por haber revelado el secreto de la construcción del dodecaedro.

Por otra parte, la aritmética y la geometría están en estrecha relación: El 1 es el punto, el 2 la línea (recta), el 3 la superficie, el 4 el volumen; el número 10, suma de los cuatro primeros, es la famosa tetraktys, el número capital. Se habla geométricamente de números “cuadrados” y “oblongos”, “planos””, “cúbicos”, etc. Hay números místicos, dotados de propiedades especiales. Los pitagóricos establecen una serie de oposiciones, con las que las cualidades guardan una extraña relación: lo ilimitado y lo limitado, lo par y lo impar, lo múltiple y lo uno, etc. El simbolismo de estas ideas resulta problemático y de difícil comprensión.

La escuela pitagórica creó también una teoría matemática de la música. La relación entre las longitudes de las cuerdas y las notas correspondientes fueron aprovechadas para un estudio cuantitativo de lo musical; sé pensó que cada astro da una nota, y todas juntas componen la llamada armonía de las esferas o música celestial, que no oímos por ser constante y sin variaciones.

Inmortalidad del alma

Para los pitagóricos la muerte era una necesidad que convenía al devenir (naturaleza) de la vida universal, o como un incómodo bien ante las situaciones de extrema postración humana.

Ante la pregunta, qué es lo que permanece y en donde, en Grecia y en Roma se concebía la muerte como el paso a una segunda existencia, y, por tanto, no como una extinción definitiva, sino como un cambio de estado que acontece a algo oculto e invencible. Vale resaltar que en Grecia había, por así decirlo, una religión olímpica, y una en donde se creía que después de la muerte había otra vida, en donde se encontraba la recompensa al sufrimiento de este mundo.

Los pitagóricos tenían una concepción de unidad de cuerpo (físico) y alma, en donde el alma después de la muerte se separaba del cuerpo, esa separación era la misma muerte. Después de la muerte del individuo el alma, que es una especie de sombra fantasmagórica, peregrinaba a través de todo, con el fin de reencarnar sucesivamente en otros cuerpos. Este es el fundamento de la palingenesia, denominada también metempsicosis o trasmigración del alma. Por esta razón los pitagóricos no rechazaban ningún estilo de vida, puesto que el alma podía transitar por cualquiera de ella.

El alma era considerada la antítesis del cuerpo, era el lado de la perfección humana: lo bueno, lo puro, lo racional o lo eterno; mientras que el cuerpo era todo lo que simbolizaba lo malo, lo impuro, lo irracional o lo corruptible.

El Número como principio de todas las cosas

Como dice Aristóteles los pitagóricos se dedicaron a las matemáticas, fueron los primeros que hicieron progresar este estudio y, habiéndose formado en él pensaron que sus principios eran los de todas las cosas.

“Nutridos de ella (la matemática), creyeron que su principio fuera el de todas las cosas. Ya que los números por su naturaleza son los primeros que se presentan en ella, les pareció observar en los números semejanzas con los seres y con los fenómenos, mucho más que en el fuego, o en la tierra o en el agua y como también veían en los números las determinaciones y las proporciones de las armonías y como, por otra parte, les parecía que toda la naturaleza estaba por lo demás hecha a imagen de los números, y que los números son los primeros en la naturaleza, supusieron que los elementos de los números fuesen los elementos de todos los seres y que el universo entero fuese armonía y número. Y todas las concordancias que podían demostrar en los números y en las armonías con las condiciones y partes del universo y con su ordenación total, las recogieron y coordinaron.”

Tenían el entusiasmo propio de los primeros estudiosos de una ciencia en pleno progreso, y les cultivó la importancia del número en el cosmos: todas las cosas son numerables, y muchas las podemos expresar numéricamente. Así la relación entre dos cosas relacionadas se puede expresar por una proporción numérica; el orden existente en una cantidad de sujetos ordenados se puede expresar mediante números, y así sucesivamente. Pero lo que parece que les impresionó más que nada fue el descubrir que los intervalos musicales que hay entre las notas de la lira pueden expresarse numéricamente. Cabe decir que la altura de un sonido depende del número, en cuanto que depende de las longitudes de las cuerdas, y es posible representar los intervalos de la escala con razones numéricas. A partir de esto surge la idea de cantidad (to pason), lo cuantitativo como principio y esencia de la realidad, es decir, que lo cualitativo se determina en lo cuantitativo.

Pues bien, lo mismo que la armonía musical depende de un número, se puede pensar que la armonía del universo depende también del número. Los cosmólogos milesios hablan de un conflicto universal de los elementos contrapuestos, y los pitagóricos, gracias a sus investigaciones en el campo de la música, tal vez pensasen solucionar el “conflicto” recurriendo al concepto de número. Según Aristóteles, “como vieron que los atributos y las relaciones de las escalas musicales se podían expresar con números, desde entonces todas las demás cosas les parecieron modeladas en toda su naturaleza según los números, y juzgaron que los números eran lo primero en el conjunto de la naturaleza y que el cielo entero era una escala musical y un número”. Mas lo que uno cree entender de los pitagóricos es que quisieron decir que el carácter verdadero no lo determinaba la apariencia sensible sino que lo establece un componente cuantitativo aritmo–geométrico que está referido tanto al número (cantidad discreta) como a la magnitud (cantidad continua); o sea, que tal ingrediente matemático afecta la cualidad de las cosas.

Este lenguaje matemático no era usado solo para explicar el mundo, también era usado en las entidades excluidas, las que tenían que ver con las esferas subjetivas, el hombre, la justicia, el arte, la medicina y hasta las estaciones, pues todo esto requería de números, proporción y medida. El lenguaje de la realidad es entonces para los pitagóricos, un logos matemático (razón, armonía y medida).

Anaximandro había hecho derivar todo de lo Ilimitado o Indeterminado. Pitágoras combinó esta noción con la de límite, que da forma a lo ilimitado. Ejemplo de todo ello es la música (y también la salud, en la que el límite es la templanza, cuyo resultado es una sana armonía). La proporción y la armonía de los sones musicales son expresables aritméticamente. Transfiriendo estas observaciones al mundo en general, los pitagóricos hablaron de la armonía cósmica. Y, no contentos con recalcar la importancia de los números en el universo, fueron más lejos y declararon que las cosas son números.

Evidentemente, tal doctrina no es de fácil comprensión. Se hace duro decir que todas las cosas son números. ¿Qué entendían por ello los pitagóricos? En primer lugar, ¿qué entendían por números o qué es lo que pensaban acerca de los números?. Aristóteles nos informa que “los pitagóricos sostenían que los elementos del número son lo par y lo impar, y que, de estos elementos, el primero es ilimitado y el segundo limitado; la unidad, el uno, procede de ambos (pues es a la vez par e impar), y el número procede del uno; y el cielo todo, es números”. Los pitagóricos consideraron los números espacialmente. La unidad es el punto, el dos es la línea, el tres la superficie, el cuatro el volumen. Decir que todas las cosas son números significaría que “todos los cuerpos constan de puntos o unidades en el espacio, los cuales, cuando se los toma en conjunto, constituyen un número”.

La Tetraktys: el número diez

Tetraktys: figura triangularconsistente en diez puntos colocados en cuatro líneas: un, dos, tres, y cuatro puntos en cada fila. Símbolomístico que representa el número diez.

La tetraktys, figura que tenían por sagrada, indica que los pitagóricos consideraban así los números. Esta figura demuestra que el 10 resulta de sumar 1+2+3+4,o sea, que es la suma de los cuatro primero números enteros. Por ella hacían el juramento transmitido como pitagórico, hecho en nombre de Pitágoras mismo, pero sin nombrarlo, “por quién transmitió a nuestra alma la tetraktys”. La tetraktys es el número perfecto y la clave de la doctrina. Es posible que jugase también un papel en los distintos grados de la metamorfosis del alma.

El diez tiene el sentido de la totalidad, de final, de retorno a la unidad finalizando el ciclo de los nueve primeros números. Para los pitagóricos es la santa tetraktys, el más sagrado de todos los números por simbolizar a la creación universal, fuente y raíz de la eterna naturaleza; y si todo deriva de ella, todo vuelve a ella. Es pues una imagen de la totalidad en movimiento.

La tetraktys forma un triángulo de 10 puntos colocados en cuatro líneas, de la forma siguiente:

La Santa Tetraktys pitagórica

  1. La Unidad: Lo Divino, origen de todas las cosas. El ser inmanifestado.
  2. La Díada: Desdoblamiento del punto, origen de la pareja masculino-femenino. Dualismo interno de todos los seres.
  3. La Tríada: Los tres niveles del mundo: celeste, terrestre, infernal, y todas las trinidades.
  4. El Cuaternario: los cuatro elementos, tierra, aire, fuego y agua, y con ellos la multiplicidad del universo material.

El conjunto constituye la Década, la totalidad de Universo: 4: 1 + 2 + 3 + 4 = 10 → 1 + 0 = 1.

Todo es Número: el número como explicación de la realidad

Además los pitagóricos, concebían los números con un carácter pedagógico, pues como ellos no hay otros que tengan mayor capacidad explicativa. El número tenía un sentido genérico y decisivo en la construcción del cosmos. El comienzo es lo Uno (monas), es indeterminada y de naturaleza divina, semejante al apeiron de Anaximandro. De lo uno limitado (denominado así porque no es aún una dualidad numérica o completa, pues lo uno no es el uno cuantitativo, sino un género supremo), surge la díada indefinida (aoristos duas). Pues de la unión de estos dos surge el uno y el dos numérico, es decir, de lo uno el uno y de lo uno y de la díada indefinida el dos. Por extensión surgen los demás números.

Lo uno debemos entenderlo como identidad en tanto la propiedad que tienen las cosas de ser ellas mismas, la díada debemos entenderla como las diferencias pues es en este pensamiento el que liga la identidad con la diferencia, que asume la unidad y la dualidad como los elementos de lo verdadero.

Eurito solía representar los números con piedrecillas, y por este procedimiento, obtenemos los números “cuadrados” y los números “triangulares”.

En efecto, si partimos de la unidad y le añadimos los números impares siguiendo el gnomon, obtendremos los números «cuadrados», mientras que si partimos del 2 y le añadimos los números pares, obtendremos los números «oblongos»:

Rectangulos y gnomones.gif

Esta costumbre de representar los números o relacionarlos con la geometría ayuda a comprender por qué los pitagóricos consideraban las cosas como números y no sólo como numerables: transferían sus concepciones matemáticas al orden de la realidad material. Por la yuxtaposición de puntos se engendra la línea, la superficie es engendrada por la yuxtaposición de varias líneas y el cuerpo por la combinación de superficies. Puntos, líneas y superficies son las unidades reales que componen todos los cuerpos de la naturaleza, y en este sentido todos los cuerpos deben ser considerados como números. Cada cuerpo material es una expresión del número cuatro, puesto que resulta como un cuarto término de tres clases de elementos constitutivos: puntos, líneas y superficies (Ver también Dimensión).

Noción de límite y armonía

Para los pitagóricos, el cosmos limitado, o mundo, está rodeado por el inmenso o ilimitado cosmos (el aire), y aquél lo “inhala”. Los objetos del cosmos limitado, no son, pues, pura limitación, sino que tienen mezcla de lo ilimitado. Los pitagóricos al considerar geométricamente los números, los concebían también como productos de lo limitado y lo ilimitado (por estar compuestos de lo par y lo impar). Identificándose el par con lo ilimitado y lo impar con lo limitado. Una explicación complementaria puede verse en el hecho de que los gnómones impares conservan su forma cuadrada fija (limitada), mientras que los pares presentan una forma rectangular siempre cambiante (ilimitada).

Para los Pitagóricos, la tierra era esférica. La tierra y los planetas giraban a la vez que el sol en torno al fuego central o “corazón del Cosmos”, identificado con el número uno.

Para ellos la esencia de las cosas era la Armonía de los contrarios lo cual constituía el límite que determina el ser preciso de las cosas en tanto que todo ser lo es dentro de determinados acontecimientos figuradores. La forma, progresión, armonía corporal no son caprichosos sino que son reglas que se ajustan a determinadas medidas proporcionales, pues el límite es control ante los desmanes, la cordura frente a las pretensiones desmedidas. Así, de esta manera, el límite constituía el equilibrio y la armoníala fuerza que unía los contrarios.

Crisis del racionalismo numérico

Los pitagóricos crearon los números irracionales, se trataba del descubrimiento de lo irracional, de la raíz cuadrada de dos, aplicable a la relación entre los lados de un cuadrado y la diagonal.

 

Bibliografía

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Cómo comunicar el colapso civilizatorio

Tenemos que llamar a las cosas por su nombre. Estamos viviendo el colapso de la civilización industrial, no una crisis más, ni una transición como solemos entender.

Vivimos las primeras etapas de un cambio civilizatorio de grandes proporciones. En este proceso, viviremos la quiebra del capitalismo global, un alza de los conflictos por el control de los recursos, una fuerte reconfiguración del Estado o una “re-ruralización” social. Este colapso de la civilización industrial es inevitable.

Pero esta inevitabilidad no significa que el futuro esté escrito. Dentro del campo de posibilidades físicas que tengamos, la reconfiguración de los ecosistemas y las sociedades humanas dependerá en gran medida de lo que hagamos ahora. Es más, el colapso brindará oportunidades inéditas para la articulación de sociedades más justas, solidarias y sostenibles. Por ejemplo, un sistema energético basado en fuentes de acceso más universal (las renovables), una tecnología más apropiable (más sencilla), sociedades más fácilmente gestionables democráticamente (más locales y de menor tamaño) o un tejido social más denso (la supervivencia pasará por el colectivo). Estas oportunidades serán más cuanta menos degradación social y ambiental se produzca. En este sentido, cuanto antes se pongan en marcha medidas acordes con los nuevos contextos, mayores serán las posibilidades de limitar esta degradación.

Con estas premisas, el objetivo de comunicar el colapso no es realizar un ejercicio de amargura prospectiva, ni un análisis complejo del contexto –aunque ambos factores deban cumplir un papel– sino que las sociedades puedan organizarse para aprovechar las oportunidades y sortear los riesgos que nos brinda el final del metabolismo industrial.

¿Cómo comunicar el colapso a personas conscientes de la situación?

Quienes conocen los escenarios más factibles del cambio climático y de la restricción energética y material, el posible auge de nuevos fascismos, o el probable incremento de la población en condiciones de miseria, temen esos escenarios. No habría que alimentar más ese miedo, sino buscar estados de ánimo que nos sirvan de pértiga para saltarlo. Uno fundamental es la esperanza. Eso es justo lo que proyectan lemas como “sí se puede” y “otro mundo es posible”. La esperanza no se construye sobre la nada, sino que requiere de razones sobre las que sostenerse. Y las hay, pues el colapso abrirá oportunidades a sociedades más vivibles.

Sin embargo, la esperanza habría que transmitirla con realismo. Por ejemplo, comunicar que las renovables son la solución a la situación climática y energética sin cambiar a fondo nuestro orden socioeconómico no es cierto. En este sentido, es probable que el movimiento ecologista haya dado excesivas esperanzas de que el sistema actual podía seguir su curso con “simplemente” aplicar un paquete de políticas climáticas, energéticas o de conservación de la biodiversidad.

Las luchas impulsadas por los movimientos sociales deben tener beneficios perceptibles y sostenibles para quienes participen en ellas y la alegría tiene que ser uno de ellos. Además, en la medida en que nos moviliza más el refuerzo positivo que el negativo, este es un elemento que cobra especial relevancia. Una de las cosas que más alegría y placer nos causa es la interrelación con otras personas para construir algo. Otro motivo que puede alegrarnos es el desmoronamiento de un orden basado en el sufrimiento social y la destrucción ambiental: el final del capitalismo global es una buena noticia.

Además de la esperanza y la alegría, también debería estar la responsabilidad, pues conocer los posibles escenarios futuros es saber que las políticas que se adopten ahora marcarán cuántas personas sobrevivan y su calidad de vida. Para reforzar esa responsabilidad habría que transmitir la relevancia de la acción. En primer lugar, porque es con nuestras prácticas cotidianas como nos construimos como personas distintas. También porque en un entorno muy cambiante quienes se hayan organizado tendrán una importante capacidad de influencia. Finalmente, porque los mundos a los que nos iremos acercando serán cada vez más locales y por lo tanto más influenciables por nuestras acciones.

Si la primera idea tiene que ver con las emociones que movilizamos, la segunda es con el tipo de análisis que realizamos, que debe ser riguroso. El colapso es una disminución drástica de la complejidad de manera que surja una estructura radicalmente distinta. No es un cambio de régimen, no es una ocupación, tampoco es una crisis. Esta marcado por un descenso en la población, la especialización social (diferenciación social, especialización laboral), las interconexiones (comercio, penetración de los órganos de poder), y la cantidad de información que contiene y fluye por el sistema (acceso al conocimiento, arte, intercambio de información). El colapso no es un hecho súbito, sino un proceso que durará muchas décadas. Este es un problema de primer orden, pues actuamos cuando vemos el peligro inminente, pero no si este sucede poco a poco. Por todo ello es importante denominar al colapso por su nombre.

Otro análisis importante es que, aunque el medio ambiente está en el centro de las causas del colapso, no es su única dimensión. También son fundamentales los elementos económicos, culturales y políticos. Pero considerar la multidimensionalidad de factores que concurren en el colapso no significa darles a todos la misma importancia. Así, la capacidad del ecologismo social para analizar el momento actual desde la complejidad, pero dando gran relevancia a los límites ambientales, es un ejemplo a seguir.

Trabajar desde una visión sistémica es una estrategia adecuada para comunicarse con personas que ya son conscientes de la crisis civilizatoria porque es un pensamiento que ya tienen entrenado. Además, esta estrategia ha demostrado ser movilizadora. Una muestra fue la impresionante resonancia que alcanzaron Los límites del crecimiento, un análisis sistémico.

 ¿Cómo comunicar el colapso a quienes NO son conscientes de él, pero quieren saber?

En gran medida, mucho de lo dicho anteriormente se puede aplicar a este grupo, por lo que nos centramos en varios elementos extra.

En lo que concierne a las emociones, es importante sumar el miedo, pues es una emoción que motiva a las personas a no continuar por las sendas más peligrosas. Cuanto menos miedo al colapso tengan las sociedades, más profundo será. En ese sentido, mensajes complacientes con la pervivencia del sistema actual o que pongan “excesivamente” en duda el colapso serían contraproducentes.

Otra razón para no sortear el miedo que causa la comunicación de la prospectiva dura que tenemos por delante es que los cambios necesarios y deseables en la transición civilizatoria requieren de poblaciones maduras. Por ello, no podemos tratar a las personas como si fuesen infantes y no pudiesen hacerse cargo de sus vidas. Si vamos a necesitar lo mejor del ser humano, pongamos altas expectativas en él y mostrémoslo con nuestros actos.

A estas razones para usar el miedo podemos sumar que, para actuar, el ser humano necesita conocer el límite a partir del cual la inacción o la acción incorrecta tiene consecuencias negativas. De este modo, no solo habría que comunicar los aspectos potencialmente peligrosos de los escenarios por venir, sino hacer un esfuerzo por señalar los límites, los umbrales de no retorno. Aunque esto es especialmente difícil, ya que la crisis sistémica que vivimos tiene unos límites inaprensibles, hacer mucha incidencia, por ejemplo, en el aumento de 1,5ºC como límite de seguridad climática es importante.

Un último argumento para usar el miedo es que es una herramienta que se ha utilizado con profusión en numerosas campañas exitosas. Por ejemplo, probablemente el libro más influyente del ecologismo ha sido La primavera silenciosa, que transmitía las perniciosas consecuencias del uso de los pesticidas. Otro texto muy influyente fue el ya nombrado Los límites del crecimiento, que también planteaba un mensaje muy duro. Fuera del ecologismo, también hay numerosos ejemplos, como la lucha contra el tabaquismo.

Esto implica que no deberíamos llamar al cáncer, gripe. Estamos viviendo el colapso de la civilización industrial, no una crisis más, ni una transición como la solemos entender (algo “tranquilo” y más o menos pilotado). Tenemos que llamar a las cosas por su nombre. Igual con algunos sectores sociales el término “colapso” no es el más adecuado, pero no puede ser sustituido por giros que quiten importancia a los desafíos que enfrentamos. Esto no significa regodearse en lo doloroso, es más, resulta clave comunicar desde la empatía.

Sin embargo, el miedo es un potente sentimiento desmovilizador, pues suele inducir a buscar la seguridad en la ausencia de cambios. Además, una sociedad miedosa es insegura de sí misma, por lo que rinde muy por debajo de sus posibilidades. En ella, se bloquea la visión de partes de la realidad especialmente molestas, pero fundamentales para afrontar los problemas. Así, solo las sociedades que consigan controlar el miedo serán capaces de encarar de forma emancipadora el futuro, las otras correrán el riesgo de buscar tablas de salvación en opciones autoritarias.

Por ello, el miedo debe superarse y esto solo se hace en colectivo. Para sacudirse el miedo, resulta imprescindible construir un camino con desafíos asumibles, riesgos afrontables psicológicamente, y en el que las sociedades vean las ventajas y la factibilidad de los cambios. También usar esa pértiga en forma de esperanza y alegría que nombramos. A las estrategias ya expuestas para construir la esperanza, habría que sumar otra de especial importancia para este grupo: que para que sea creíble, tiene que encarnarse y vivirse.

La última idea es la importancia de articular la comunicación desde el hacer más que desde el decir. Los entornos en los que nos movemos construyen nuestro sistema de valores. Cambiando nuestras formas de actuar, cambiamos nuestras formas de pensar. Así, los cambios personales y sociales solo se van a dar si las personas participan en entornos que gratifiquen valores emancipadores. Por ello, más clave que los discursos que articulamos son las prácticas que promovemos. Además, relacionarnos a través de las prácticas y no de los discursos diluye las barreras que nos ponemos ante ideologías ajenas.

Para esta construcción de visiones alternativas, será importante que existan muchos entes comunicadores distintos con mensajes parecidos. Esto permitirá sortear la voluntariedad de la escucha. Conseguir esos emisores diferenciados pasa por que distintos grupos sociales sean intermediarios de nuestra comunicación y la traduzcan. Que otras personas hagan suyo el mensaje, dándole sus propios matices y énfasis. Desde esta perspectiva, podría ser más estratégico comunicar a un público cercano, que tiene predisposición a escucharnos y maneja nuestros mismos códigos, y que este sea el que comunique posteriormente a otros sectores.

(Este texto es un resumen de la contribución de Luis González Reyes al libro Humanidades ambientales.)

 

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82 años del Consejo de Aragón: el efímero y único gobierno libertario de la historia.

La ocupación de las tres capitales provinciales por los sublevados propició, al dejar sin estructuras de Estado la mitad oriental de la comunidad, la creación, hoy hace ochenta años, del Consejo Regional de Defensa de Aragón, la única experiencia de Gobierno libertario de la que existe constancia.

“Les faltó tiempo. Fue una experiencia de organización política que, en unas circunstancias nada favorables, dió pasos hacia la normalización”, explica el historiador de la Complutense José Luis Ledesma. Se refiere al Consejo Regional de Defensa de Aragón, el primer, y prácticamente único, episodio de gobierno libertario del que hay constancia en la historia. Este organismo, presidido por Joaquín Ascaso, gobernó durante diez meses, entre el 6 de octubre de 1936 y el 11 de agosto de 1937, la mitad oriental de lo que hoy es la comunidad autónoma.

Más sobre este articulo.

Por qué el crecimiento no puede ser verde (Why Growth Can’t Be Green)

Los nuevos datos demuestran que puedes apoyar el capitalismo o el medio ambiente, pero es difícil hacer ambas cosas.

Las afirmaciones sobre el fracaso ecológico se han vuelto omnipresentes. En los últimos años, los principales periódicos, incluidos The Guardian y The New York Times, han publicado historias alarmantes sobre el agotamiento del suelo, la deforestación y el colapso de las poblaciones de peces y de insectos. Estas crisis están siendo impulsadas por el crecimiento económico global y el consumo que lo acompaña, que está destruyendo la biosfera de la Tierra y superando las fronteras planetarias clave que, según los científicos, deben respetarse para evitar el colapso.

Muchos formuladores de políticas han respondido presionando por lo que se ha llamado el “crecimiento verde”. Todo lo que tenemos que hacer, argumentan, es invertir en tecnología más eficiente e introducir los incentivos adecuados, y podremos seguir creciendo al mismo tiempo. reduciendo nuestro impacto en el mundo natural, que ya está en un nivel insostenible. En términos técnicos, el objetivo es lograr un “desacoplamiento absoluto” del PIB del uso total de los recursos naturales, de acuerdo con la definición de la ONU.

Suena como una solución elegante a un problema catastrófico. Solo hay un obstáculo: la nueva evidencia sugiere que el crecimiento verde no es la panacea que todos esperaban. De hecho, ni siquiera es posible.

El crecimiento verde primero se convirtió en una frase de moda en 2012 en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible en Río de Janeiro. En el periodo previo a la conferencia, el Banco Mundial, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, y el Programa de Medio Ambiente de la ONU produjeron informes que promovían el crecimiento verde. Hoy en día, es un punto central de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de los Estados Unidos.

Pero la promesa del crecimiento ecológico se basa más en las ilusiones que en la evidencia. En los años transcurridos desde la conferencia de Río, tres importantes estudios empíricos han llegado a la misma conclusión bastante inquietante: incluso en las mejores condiciones, la disociación absoluta del PIB del uso de los recursos no es posible a escala mundial.

Incluso en las mejores condiciones, la disociación absoluta del PIB del uso de los recursos no es posible a escala global.

Un equipo de científicos liderado por la investigadora alemana Monika Dittrich planteó dudas por primera vez en 2012. El grupo ejecutó un sofisticado modelo informático que predijo qué sucedería con el uso de los recursos globales si el crecimiento económico continuara en su trayectoria actual, aumentando en alrededor de 2 a 3% año. Descubrió que el consumo humano de recursos naturales (incluidos peces, ganado, bosques, metales, minerales y combustibles fósiles) aumentaría de 70 mil millones de toneladas métricas por año en 2012 a 180 mil millones de toneladas métricas por año para el año 2050. Como referencia, un desarrollo sostenible el nivel de uso de los recursos es de aproximadamente 50 mil millones de toneladas métricas por año, un límite que superamos en 2000.

Luego, el equipo modificó el modelo para ver qué sucedería si todas las naciones de la Tierra adoptaran inmediatamente las mejores prácticas en el uso eficiente de los recursos (una suposición extremadamente optimista). Los resultados mejoraron; el consumo de recursos alcanzaría solo los 93 mil millones de toneladas métricas para 2050. Pero eso es mucho más de lo que consumimos hoy. Quemar todos esos recursos difícilmente podría describirse como desacoplamiento absoluto o crecimiento verde.

En 2016, un segundo equipo de científicos probó una premisa diferente: una en la que todas las naciones del mundo acordaron ir más allá de las mejores prácticas existentes. En el mejor de los casos, los investigadores asumieron un impuesto que elevaría el precio global del carbono de 50$ a 236$ por tonelada métrica e imaginaba innovaciones tecnológicas que duplicarían la eficiencia con la que usamos los recursos. Los resultados fueron casi los mismos que en el estudio de Dittrich. En estas condiciones, si la economía mundial siguiera creciendo en un 3% cada año, todavía llegaríamos a unos 95 mil millones de toneladas métricas de uso de recursos para 2050. Conclusión: no hay un desacoplamiento absoluto.

Finalmente, el año pasado, el Programa de Medio Ambiente de las naciones unidas que una vez fueron unos de las principales animadores de la teoría del crecimiento verde, intervino en el debate. Probó un escenario con un precio de carbono de 573$ por tonelada métrica, se abocó a un impuesto a la extracción de recursos y asumió una rápida innovación tecnológica impulsada por un fuerte apoyo del gobierno. ¿El resultado? Llegamos a 132 mil millones de toneladas métricas para 2050. Este hallazgo es peor que los de los dos estudios anteriores porque los investigadores explicaron el “efecto rebote”, por el cual las mejoras en la eficiencia de los recursos reducen los precios y provocan un aumento de la demanda, anulando algunos las ganancias

Estudio tras estudio muestra lo mismo. Los científicos están comenzando a darse cuenta de que existen límites físicos a la eficiencia con la que podemos usar los recursos. Claro, podríamos producir automóviles, iPhones y rascacielos de manera más eficiente, pero no podemos producirlos de la nada. Podríamos cambiar la economía a servicios tales como educación y yoga, pero incluso las universidades y los estudios de entrenamiento requieren insumos materiales. Una vez que alcanzamos los límites de la eficiencia, perseguir cualquier grado de crecimiento económico impulsa el uso de recursos de respaldo.

Estos problemas ponen en duda todo el concepto de crecimiento verde y requieren un replanteamiento radical. Recuerde que cada uno de los tres estudios utilizó suposiciones altamente optimistas. No estamos cerca de imponer un impuesto global al carbono hoy, mucho menos uno de casi 600$ por tonelada métrica, y la eficiencia de los recursos está empeorando, no mejora. Sin embargo, los estudios sugieren que incluso si hacemos todo bien, desacoplando el crecimiento económico con el uso de recursos seguirá siendo difícil de alcanzar y nuestros problemas ambientales continuarán empeorando.

Prevenir ese resultado requerirá un paradigma completamente nuevo. Los altos impuestos y la innovación tecnológica ayudarán, pero no serán suficientes. El único tiro realista que la humanidad tiene para evitar el colapso ecológico es imponer límites duros al uso de los recursos, como propuso recientemente el economista Daniel O’Neill. Tales topes, aplicados por los gobiernos nacionales o por tratados internacionales, podrían garantizar que no extraigamos más de la tierra y los mares de lo que la Tierra puede regenerarse de manera segura. También podríamos eliminar el PIB como un indicador del éxito económico y adoptar una medida más equilibrada, como el indicador de progreso genuino (IPG), que explica la contaminación y el agotamiento de los activos naturales. El uso de IPG (GPI en inglés) nos ayudaría a maximizar los resultados socialmente buenos mientras minimizamos los ecológicamente malos.

Pero no hay escapatoria a la conclusión obvia. En definitiva, devolver a nuestra civilización dentro de los límites planetarios va a requerir que nos liberemos de nuestra dependencia del crecimiento económico, empezando por las naciones ricas. Esto puede sonar más aterrador de lo que realmente es. Terminar el crecimiento no significa cerrar la actividad económica; simplemente significa que el próximo año no podemos producir y consumir más de lo que estamos haciendo este año. También podría significar la reducción de ciertos sectores que son particularmente dañinos para nuestra ecología y que son innecesarios para el florecimiento humano, como publicidad, viajes diarios y productos de un solo uso.

Pero terminar con el crecimiento no significa que los niveles de vida deban ser afectados. Nuestro planeta proporciona más que suficiente para todos nosotros; el problema es que sus recursos no están distribuidos por igual. Podemos mejorar las vidas de las personas en este momento simplemente compartiendo lo que ya tenemos de manera más justa, en lugar de saquear la Tierra para obtener más. Tal vez esto signifique mejores servicios públicos. Tal vez significa ingreso básico. Tal vez signifique una semana laboral más corta que nos permita reducir la producción al tiempo que ofrece un empleo pleno. Políticas como estas -y muchas más- serán cruciales para no solo sobrevivir al siglo XXI sino también florecer en él.

Este artículo apareció originalmente en la edición de otoño de 2018 de la revista Foreign Policy.

Traducido al castellano ibérico por Vykthor Schüler.

 

Version original:

New data proves you can support capitalism or the environment—but it’s hard to do both.

Warnings about ecological breakdown have become ubiquitous. Over the past few years, major newspapers, including the Guardian and the New York Times, have carried alarming stories on soil depletion, deforestation, and the collapse of fish stocks and insect populations. These crises are being driven by global economic growth, and its accompanying consumption, which is destroying the Earth’s biosphere and blowing past key planetary boundaries that scientists say must be respected to avoid triggering collapse.

Many policymakers have responded by pushing for what has come to be called “green growth.” All we need to do, they argue, is invest in more efficient technology and introduce the right incentives, and we’ll be able to keep growing while simultaneously reducing our impact on the natural world, which is already at an unsustainable level. In technical terms, the goal is to achieve “absolute decoupling” of GDP from the total use of natural resources, according to the U.N. definition.

It sounds like an elegant solution to an otherwise catastrophic problem. There’s just one hitch: New evidence suggests that green growth isn’t the panacea everyone has been hoping for. In fact, it isn’t even possible.

Green growth first became a buzz phrase in 2012 at the United Nations Conference on Sustainable Development in Rio de Janeiro. In the run-up to the conference, the World Bank, the Organization for Economic Cooperation and Development, and the U.N. Environment Program all produced reports promoting green growth. Today, it is a core plank of the U.N. Sustainable Development Goals.

But the promise of green growth turns out to have been based more on wishful thinking than on evidence. In the years since the Rio conference, three major empirical studies have arrived at the same rather troubling conclusion: Even under the best conditions, absolute decoupling of GDP from resource use is not possible on a global scale.

Even under the best conditions, absolute decoupling of GDP from resource use is not possible on a global scale.

A team of scientists led by the German researcher Monika Dittrich first raised doubts in 2012. The group ran a sophisticated computer model that predicted what would happen to global resource use if economic growth continued on its current trajectory, increasing at about 2 to 3 percent per year. It found that human consumption of natural resources (including fish, livestock, forests, metals, minerals, and fossil fuels) would rise from 70 billion metric tons per year in 2012 to 180 billion metric tons per year by 2050. For reference, a sustainable level of resource use is about 50 billion metric tons per year—a boundary we breached back in 2000.

The team then reran the model to see what would happen if every nation on Earth immediately adopted best practice in efficient resource use (an extremely optimistic assumption). The results improved; resource consumption would hit only 93 billion metric tons by 2050. But that is still a lot more than we’re consuming today. Burning through all those resources could hardly be described as absolute decoupling or green growth.

In 2016, a second team of scientists tested a different premise: one in which the world’s nations all agreed to go above and beyond existing best practice. In their best-case scenario, the researchers assumed a tax that would raise the global price of carbon from $50 to $236 per metric ton and imagined technological innovations that would double the efficiency with which we use resources. The results were almost exactly the same as in Dittrich’s study. Under these conditions, if the global economy kept growing by 3 percent each year, we’d still hit about 95 billion metric tons of resource use by 2050. Bottom line: no absolute decoupling.

Finally, last year the U.N. Environment Program—once one of the main cheerleaders of green growth theory—weighed in on the debate. It tested a scenario with carbon priced at a whopping $573 per metric ton, slapped on a resource extraction tax, and assumed rapid technological innovation spurred by strong government support. The result? We hit 132 billion metric tons by 2050. This finding is worse than those of the two previous studies because the researchers accounted for the “rebound effect,” whereby improvements in resource efficiency drive down prices and cause demand to rise—thus canceling out some of the gains.

Study after study shows the same thing. Scientists are beginning to realize that there are physical limits to how efficiently we can use resources. Sure, we might be able to produce cars and iPhones and skyscrapers more efficiently, but we can’t produce them out of thin air. We might shift the economy to services such as education and yoga, but even universities and workout studios require material inputs.

We might shift the economy to services such as education and yoga, but even universities and workout studios require material inputs.

Once we reach the limits of efficiency, pursuing any degree of economic growth drives resource use back up.

These problems throw the entire concept of green growth into doubt and necessitate some radical rethinking. Remember that each of the three studies used highly optimistic assumptions. We are nowhere near imposing a global carbon tax today, much less one of nearly $600 per metric ton, and resource efficiency is currently getting worse, not better. Yet the studies suggest that even if we do everything right, decoupling economic growth with resource use will remain elusive and our environmental problems will continue to worsen.

Preventing that outcome will require a whole new paradigm. High taxes and technological innovation will help, but they’re not going to be enough. The only realistic shot humanity has at averting ecological collapse is to impose hard caps on resource use, as the economist Daniel O’Neill recently proposed. Such caps, enforced by national governments or by international treaties, could ensure that we do not extract more from the land and the seas than the Earth can safely regenerate. We could also ditch GDP as an indicator of economic success and adopt a more balanced measure like the genuine progress indicator (GPI), which accounts for pollution and natural asset depletion. Using GPI would help us maximize socially good outcomes while minimizing ecologically bad ones.

But there’s no escaping the obvious conclusion. Ultimately, bringing our civilization back within planetary boundaries is going to require that we liberate ourselves from our dependence on economic growth—starting with rich nations. This might sound scarier than it really is. Ending growth doesn’t mean shutting down economic activity—it simply means that next year we can’t produce and consume more than we are doing this year. It might also mean shrinking certain sectors that are particularly damaging to our ecology and that are unnecessary for human flourishing, such as advertising, commuting, and single-use products.

But ending growth doesn’t mean that living standards need to take a hit. Our planet provides more than enough for all of us; the problem is that its resources are not equally distributed. We can improve people’s lives right now simply by sharing what we already have more fairly, rather than plundering the Earth for more. Maybe this means better public services. Maybe it means basic income. Maybe it means a shorter working week that allows us to scale down production while still delivering full employment. Policies such as these—and countless others—will be crucial to not only surviving the 21st century but also flourishing in it.

This article originally appeared in the Fall 2018 issue of Foreign Policy magazine.

Cara y Cruz de la economía colaborativa y por qué deberías empezar a usarla.

En el año 2010 y en plena crisis, se empezó a hablar de un nuevo sistema de consumo que tenía más en cuenta las necesidades de las personas que el hecho de lucrarse, hablamos del consumo colaborativo.

Tras ser probado y explotado por diferentes sectores, este consumo dio lugar a un nuevo sistema de economía, basada en los principios del consumo colaborativo. Pero, ¿qué es la economía colaborativa y por qué deberíamos envolverla en nuestra vida cotidiana?

Definamos primero el concepto de economía colaborativa. Hoy en día los ciudadanos permanecemos conectados a través de las nuevas tecnologías. De esta forma, podemos compartir y consumir anteponiendo las necesidades de la gente al aspecto económico. En definitiva, la economía colaborativa se basa en compartir (por ejemplo, nuestro coche), alquilar (esa habitación libre que tenemos en casa),  prestar o donar cosas, y vender o comprar productos de segunda mano. Viendo las ventajas de la economía colaborativa, puede que algunos penséis que este sistema ya era utilizado por nuestros abuelos. Lleváis razón, pero hay algunos puntos que se han empezado a desarrollar en esta última época.

Ventajas de la economía colaborativa

Algunas de las ventajas que ofrece la economía colaborativa son:

1.- Ventajas ambientales producidas por un desarrollo más sostenible: Sin duda es la ventaja más importante. La economía colaborativa fomenta el aprovechamiento y el reciclado de los recursos que tenemos: si algo ya no nos sirve, alguien le puede dar una segunda vida. Esto conlleva un consumo más moderado y la eliminación de toneladas de residuos sean del sector que sean. Además, la reutilización de cosas materiales contribuyen a la sostenibilidad y cuidado de los entornos que nos rodean. Actualmente se pueden hacer muchas cosas para que el lugar en el que vivimos sea lo más sostenible posible (cambiar el funcionamiento de los puntos limpios…). ¿Quieres saber si tu ciudad es sostenible?

2.- Ahorro: Todos los productos y servicios que ofrece este sistema tienen precios muy económicos, simbólicos, o incluso son gratis.

3.- Mayores ofertas: La oferta de productos es mayor que la de la economía tradicional. Por ejemplo, si no existiera la venta de segunda mano, miles de cosas vintage y de colección se perderían.

4.- Mayor aprovechamiento de los recursos que tenemos: No somos conscientes del partido que podemos sacar de las cosas cotidianas que tenemos en casa. Con este modelo de negocio aprovechamos al máximo y le sacamos partido a todo lo que tenemos. Según un estudio cada familia tiene hasta 7000€ en cosas que ya no usa.

¿Cómo aplicar la economía colaborativa en casa?

Vamos a ver unos consejos con ejemplos prácticos para que empecéis a utilizar la economía colaborativa. Podemos aprovechar todo el potencial que tenéis en vuestro hogar y ganar un dinero extra o librarnos de objetos que no usamos y que podrían tener una vida útil en otro lugar.

  1. Vende y compra cosas de segunda mano: Siempre tenemos cosas en casa que no usamos y nos da pena tirar (en trasteros, armarios…). Si las vendemos podemos sacar un dinero extra. Según el estudio citado antes, tenemos casi 3000€ en ropa que no usamos y que podemos vender. A la ropa le siguen, por ejemplo, enseres de bebé que ya no vamos a usar, aparatos electrónicos, material deportivo de ese deporte que abandonamos… Juntando todo podemos conseguir la suculenta cantidad de 7000€.
  2. Comparte coche: Si eres de los que tiene que coger el coche para ir a trabajar no desaproveches la oportunidad y compártelo, irás acompañado y si cobras aunque sea un precio simbólico por acompañante, eso que te ahorras.
  3. Alquila habitaciones libres: Es una buena forma de sacar dinero extra. Si te sobra una habitación en casa la puedes alquilar a personas que visiten tu ciudad. Puedes ganar más si además ofreces servicios de comida y lavandería. Esta práctica se lleva haciendo muchos años en países como USA
  4. Compra a comercios de barrio: Si compramos en comercios de barrio evitamos intermediarios, y con ello el impacto ambiental de emisiones de CO2 que conlleva. Además, le seguiremos dando vida a esos comercios de toda la vida y colaborando con un desarrollo mas sostenible.
  5. Evita intermediarios: Además de comprar en comercios de barrio, podemos ir directamente a comprar las hortalizas a la huerta o el aceite a la almazara. Cuantos más intermediarios evitemos, más nos ahorramos, más emisiones evitamos y más sano comemos.
  6. Alquila cosas: ¿Por qué no alquilar algo que tengamos en casa y que nos da pena vender? Hay muchas personas que disponen de caravana y la alquilan en períodos vacacionales, de esta forma se ganan un dinero extra, sin necesidad de vender. También está muy en auge las páginas de alquiler de ropa entre particulares, no dejes pasar la oportunidad y úsalas.
  7. Ofrece tu tiempo y tu trabajo: Si tienes tiempo y puedes ofrecer un servicio, no lo desaproveches e intercámbialo. Puedes ofrecer clases particulares de inglés a los hijos de tu vecino fontanero y así te saldrá esa obra del baño gratis. Es una forma de contribuir a la economía doméstica y de ofrecer el talento que tienes. En muchos lugares eso se gestiona a través de monedas locales o bancos de tiempo
  8. Presta o dona cosas: Muchas cosas no queremos tenerlas, sino usarlas (por ejemplo, un taladro). Tenemos que dar más importancia al servicio que a la posesión y, así, prestando lo que tenemos y pidiendo prestado lo que necesitamos conseguimos reducir nuestras compras. Podemos hacer una lista de cosas que prestamos y darla a conocer a nuestros vecinos. Donar cosas nos libera de la necesidad de cuidar de ellas y de asignarles un espacio en nuestra casa, y ganamos tiempo.

Consciente de que, una vez abierta la caja de Pandora, las repercusiones son profundas, la Unión Europea redactó en enero pasado un dictamen de iniciativa para entender estos vientos. “El consumo colaborativo representa la complementación ventajosa desde el punto de vista innovador, económico y ecológico de la economía de la producción por la economía del consumo. Además supone una solución a la crisis económica y financiera en la medida que posibilita el intercambio en casos de necesidad”. ¿Demasiadas expectativas?

Cómo el capitalismo salvaje vuelve a meter la zarpa.

Sin embargo, este consumo también tiene un lado oscuro que rápidamente el capitalismo se ha lanzado a explotar a gran escala a través de -como siempre- los intermediarios. Aplicaciones como Uber o Airbnb lo han revelado. La primera conecta pasajeros con conductores; la segunda busca y comparte alojamiento. Ambas están bajo vigilancia. Uber es un gigante. En solo cuatro años de existencia ya vale 18.000 millones de dólares y opera en 132 países. Y su éxito ha chocado de frente en Europa contra el mundo del taxi, que le acusa de competencia desleal. El coloso se defiende. “No somos enemigos de los taxistas ni del sector. Las protestas [vividas la semana pasada en varias capitales europeas] son excesivas y lo único que pretenden es mantener la industria en un estado inmovilista”, argumenta un portavoz de la firma.

De cualquier forma, compartir, prestar, alquilar son verbos que se expanden con una fuerza nunca vista por la economía mundial. Surgen miles de plataformas electrónicas que los emplean. Y aunque queda tarea pendiente —regular ciertas aplicaciones, para evitar que engorden la economía sumergida, y mejorar los derechos de los consumidores—, el éxito de esta forma de consumir revela una sociedad que quiere cambiar la manera en que vive. Buenos augurios en unos días en los que es difícil extraer poemas de las noticias.

  • Intercambio de ropa: ThredUP.
  • Coches compartidos: Zipcar, SideCar, Lyft, Bluemove, Getaround, Uber.
  • Préstamos económicos: LendingClub.
  • Alojamiento de viajeros: Hipmunk, Airbnb.
  • Trueque de comida: Compartoplato, Shareyourmeal.
  • ‘Crowdfunding’: KickStarter, Verkami.

Mas información sobre sostenibilidad: BlogSOStenible: Noticias medioambientales y datos… aportando soluciones

Teoría: Los aliens no pueden despegar

Desde la década de 1950 existe una paradoja respecto a la vida en el Universo a la que aún no hemos podido encontrar una respuesta definitiva. Se conoce como la Paradoja de Fermi y básicamente dice lo siguiente: Si aceptamos que en la inmensidad del Universo debe de haber incontables formas de vida más allá de nuestro planeta, y que por tanto deberían existir numerosas civilizaciones avanzadas… ¿por qué no las hemos encontrado todavía?

Durante más de medio siglo han surgido diversas respuestas a este planteamiento abierto y contradictorio, como por ejemplo: esas civilizaciones existen pero el Universo es demasiado grande para que podamos contactar, o existen pero no quieren comunicarse con nosotros, o incluso quizá se estén comunicando pero nosotros no podemos detectar sus señales. Las ideas para resolver el absoluto silencio cósmico de la Paradoja de Fermi son muy variadas, y esta semana podríamos añadir otra posible respuesta a esa cuestión: quizá no puedan despegar.

Las civilizaciones inteligentes en SuperTierras tienen muy difícil desarrollar un programa espacial | imagen NASA / Comparación entre la Tierra y Kepler-452b.

Han pasado más de veinte años desde que descubriéramos el primer exoplaneta (51 Pegasi b) y desde aquel momento hasta nuestros días hemos detectado unos 4600 planetas fuera de nuestro sistema solar, de los cuales más de 3200 son exoplanetas confirmados. La dificultad de detectar exoplanetas tan lejanos hace que muchos de estos cuerpos encontrados sean muy grandes, ya que son más fáciles de detectar, sin embargo estos enormes mundos vienen con un problema añadido: su gravedad es tan intensa que hace casi imposible escapar de ella.

Es el caso de las SuperTierras, cuerpos rocosos mucho más grandes y masivos que nuestro planeta en los que, si están en la zona de habitabilidad, se podrían dar las condiciones necesarias para soportar la vida.

Pero… ¿Qué haría falta para escapar de la gravedad de esos planetas tan masivos?

El astrofísico Michael Hippke, del Observatorio alemán de Sonneberg, ha hecho los cálculos y los ha publicado en la sección de astrofísica del repositorio científico arXiv en un artículo cuyo título deja bastante claro el problema: “Las SuperTierras necesitan cohetes extremadamente grandes”, o en su primera versión: “El vuelo espacial desde las SuperTierras es difícil”.

En una SuperTierra se necesitarían cantidades enormes de masa y combustible para despegar un cohete como los del programa Apollo | imagen NASA

La velocidad de escape en la Tierra es de unos 11 km/s, o dicho con otras palabras, para que un cohete consiga abandonar nuestro planeta necesita alcanzar una velocidad de escape de unos 40.320 km/h. Estas cifras nos sitúan en un planeta donde viajar al espacio es difícil pero es posible, sin embargo, en planetas mayores y más masivos que la Tierra el escapar de la gravedad sea casi imposible, al menos con los medios y tecnologías que conocemos.

Hippke nos pone un ejemplo para entender mejor la situación de estos pesados planetas, como Kepler-20b, un exoplaneta el doble del tamaño de nuestro planeta y 10 veces más denso, la velocidad de escape allí es 2,4 veces la de la Tierra, es decir, 26,9 km/s. Esto significa que la hipotética civilización que habitase esa SuperTierra necesitaría aumentar en 55.000 toneladas el combustible necesario para lanzar al espacio una carga similar a la del Telescopio James Webb.

Si por ejemplo, esa civilización de extraterrestres en Kepler-20b quisiera tener su propio programa Apollo, sus cohetes deberían ser capaces de albergar una cantidad increíble de combustible, unas 400.000 toneladas, lo que significaría lanzar al espacio, aproximadamente, el peso total de la Pirámide de Keops.

Como veis, los programas espaciales en planetas del tipo SuperTierras, y si no han encontrado una tecnología que les permita hacer frente a esas elevadas velocidades de escape, serían casi imposibles.

Referencias científicas y más información:

Michael Hippke “Spaceflight from Super-Earths is difficult” arXiv:1804.04727v1 [physics.pop-ph] – “Super-Earths in need for extremely big rockets

Charles Q. Choi “No Way Out? Aliens on ‘Super-Earth’ Planets May Be Trapped by Gravity” Space.com

 

Posibles Súper Planetas. Incluso los datos manejados por la NASA hablan de 30.000 posibles planetas habitables a no más de 1000 años luz de la Tierra.

Kepler-452b, el primo mayor de la Tierra que podría albergar vida extraterrestre.

La misión espacial Kepler ha descubierto un exoplaneta muy parecido al nuestro. Los detalles del hallazgo han sido aclarados en la rueda de prensa que la agencia ofreció el 23 de julio de 2015.

«Los exoplanetas, especialmente los de tamaño pequeño, similar al de la Tierra, pertenecían al mundo de la ciencia ficción hace apenas 21 años. Pero actualmente, miles de hallazgos más tarde, los astrónomos están a punto de descubrir algo con lo que las personas han soñado durante miles de años: otra Tierra», se dice en el comunicado oficial de la NASA. En la rueda de prensa que se celebró la agencia espacial estadounidense ha anunciado su nuevo descubrimiento, al que llama «el primo mayor de la Tierra», un planeta localizado en una zona habitable de una estrella similar al Sol. Su nombre científico es Kepler-452b y tiene unas características muy parecidas a la Tierra, aunque es un 60% más grande. Un año en este planeta dura unos 385 días, y el cuerpo celeste cuenta además con volcanes activos. Sin embargo, todavía se investiga si contiene agua y oxígeno.

Comparación entre los sistemas Kepler-452, Kepler-186 y el nuestro. Kepler-186 es un sistema solar en miniatura que cabría entero dentro de la órbita de Mercurio.

«Esto es realmente fascinante, Kepler-452b recibe el mismo espectro e intensidad de luz que aquí en la Tierra», dijo Daniel Brown, experto astrónomo de la Nottingham Trent University. «Esto significa que plantas como las de nuestro planeta podrían crecer allí, y que tu piel se broncearía de igual forma», añadió. La estrella que cobija a Kepler-452b se ubica a 1.400 años luz de distancia, en la constelación de Cygnus, y tiene una antigüedad de 6.000 millones de años, es decir, 1.500 millones de años más vieja que nuestro sol. De también haberse cumplido las mismas condiciones evolutivas en este exoplaneta descubierto por la misión Kepler, la vida allí podría haberse desarrollado de tal manera que exista una civilización alienígena que nos lleve millones de años de ventaja. Una posibilidad más que sorprendente si consideramos que algunos investigadores —como Andrew Collins— han sugerido que las pirámides de Guiza están dispuestas siguiendo como patrón a la constelación de Cygnus (la cruz del norte), la misma zona del universo donde se halla nuestro «primo mayor»…

 En verde, la constelación de Orión superpuesta sobre las pirámides de Guiza. En rojo, la constelación de Cygnus, donde la alineación es más precisa.

 

 

 

¿Existió una civilización inteligente en la Tierra hace millones de años?. Los científicos tienen pruebas.

Esta civilización, o civilizaciones, habrían existido muchos millones de años atrás en la Tierra, para ser precisos hace 56 millones de años. Ahora, los científicos preguntan si habría evidencias de tales civilizaciones existiendo en la Tierra.

Si echamos un vistazo a la larga historia de nuestro planeta, veremos que hace casi sesenta millones de años, nuestro planeta experimentó temperaturas mucho más cálidas que las actuales, y los polos del planeta se derritieron. Este hecho histórico ha llevado a algunos científicos a aventurarse en lo desconocido y reflexionar sobre si es posible que este evento -el Máximo Térmico Paleoceno-Eoceno (PETM) – sea el resultado del calentamiento global causado por una civilización que existía en la Tierra antes de nuestra humanidad.

Y aunque esto pueda sonar como algo que los científicos realmente no investigarían, ya que, como muchos pensarán: “Suena como el tipo de conspiración chiflada que se puede encontrar en los archivos de  ‘ancient aliens’.

Para investigar la idea de una posible civilización inteligente prehistórica, el profesor Adam Frank, de la Universidad de Rochester, y Gavin Schmidt, director del Instituto Goddard para Estudios Espaciales (GISS) de la NASA, examinaron que ocurriría con las evidencias dejadas tras nuestra extinción.

En un artículo de The Atlantic, Adam Frank, preguntó lo que muchos otros expertos se han abstenido de preguntar. El profesor Frank escribe: “Aquí hay un enigma. Si la actividad industrial de una especie anterior es de corta duración, es posible que no podamos verla fácilmente. Los picos del PETM en su mayoría nos muestran las escalas de tiempo de la Tierra para responder a lo que sea que lo causó, no necesariamente la escala de tiempo de la causa”.

“Por lo tanto, podría tomar métodos de detección dedicados y nuevos para encontrar pruebas de un evento verdaderamente efímero en sedimentos antiguos. En otras palabras, si no lo estás buscando explícitamente, es posible que no lo veas”. Esta no es solo otra teoría de conspiración preparada por un científico.

El profesor Frank se preguntó sobre lo que nuestra civilización podría dejar atrás si perece un día, y que otras civilizaciones potenciales pueden encontrar en la Tierra. ¿Identificarán nuestra civilización con los plásticos que hemos vertido en el océano? ¿Nos encontrarán debido a los químicos que hemos estado usando? ¿O no encontrarán evidencia de una antigua civilización en la Tierra antes de ellos porque hemos estado usando combustibles fósiles?

El profesor Frank aclara que si bien no existe evidencia de una antigua civilización avanzada que existiera en la Tierra antes que nosotros, la idea plantea una serie de posibilidades con respecto al ciclo de la vida y cómo puede operar en otros mundos alienígenas distantes. Él explica en el artículo que las civilizaciones pueden inadvertidamente, a través de su colapso, crear las condiciones necesarias para producir más combustibles fósiles, para que en el futuro, una civilización aparezca.

“Nuestro trabajo también abrió la posibilidad especulativa de que algunos planetas podrían tener ciclos impulsados ​​por combustibles fósiles de construcción y colapso de una civilización. Si una civilización usa combustibles fósiles, el cambio climático que provoca puede conducir a una gran disminución en los niveles de oxígeno en el océano. Estos bajos niveles de oxígeno (llamado anoxia del océano) ayudan a desencadenar las condiciones necesarias para fabricar combustibles fósiles como el petróleo y el carbón en primer lugar. De esta manera, una civilización y su desaparición podrían sembrar la semilla de nuevas civilizaciones en el futuro”.

Al preguntar sobre las civilizaciones perdidas en el tiempo profundo, también estamos preguntando sobre la posibilidad de reglas universales que guíen la evolución de todas las biosferas en todo su potencial creativo, incluida la aparición de civilizaciones. Incluso sin los paleocenianos que conducen la recogida, ahora solo estamos aprendiendo a ver cuán rico podría ser ese potencial.

 

Otras pruebas para reflexionar: 5 objetos misteriosos que datan de hace millones de años.

Técnicamente hablando, estos artefactos no deberían existir y, según la ciencia convencional, no existen. Sin embargo, en todo el mundo se ha encontrado un conjunto de objetos enigmáticos que apuntan a la posibilidad de que la vida avanzada haya florecido en la Tierra, antes de la llegada de los humanos modernos, hace millones de años.

A pesar de este hecho, se han encontrado en todo el mundo una serie de extraños y extremadamente antiguos artefactos que en última instancia cuestionan los orígenes humanos y la historia humana.

¿Hace cuánto tiempo aparecieron los humanos modernos en la Tierra? ¿De dónde venimos? Y, ¿es posible que antes de la llegada del Homo Sapiens, otra especie diferente habitara la Tierra, tal vez hace millones de años?

Martillo antiguo que predica a los humanos

Echemos un vistazo a un artefacto descubierto en Londres, Texas, EE. UU., en 1934. Lo que parece ser un martillo ordinario es, de hecho, un martillo incrustado en piedra.

Lo que lo hace extremadamente interesante es la edad del objeto; se cree que data de hace 400 millones de años.  Imposible, ¿verdad?

Se cree que este misterioso martillo se originó en la roca de la época ordovicia, hace más de 400 millones de años. Los investigadores consideran que desde que la cabeza del martillo fue hallada incrustada en la roca, apunta a la posibilidad de que el proceso de incrustación se realizara bajo diferentes condiciones atmosféricas a la corriente, y con diferentes presiones atmosféricas más similares a las del pasado remoto.

Según los estudios del Instituto Metalúrgico de Colombia, el mango interior se sometió al proceso de carbonización, la cabeza del martillo se construyó con una pureza de hierro que sólo se puede lograr con la tecnología moderna. Según el análisis, la cabeza del martillo consiste en 97 hierro puro, 2 por ciento de cloro y 1 por ciento de azufre.

Hay una huella de hace 290 millones de años, y no debería existir. Jamás.

Una roca del período pérmico -hace unos 290 millones de años- tiene un curioso detalle en su superficie.

Descubierta en Nuevo México, la roca del Permian Periodo presenta una huella humana. Pero, los humanos no existían en la Tierra hace 290 millones de años, así que ¿cómo es posible? Curiosamente, el Permian (junto con el Paleozoico) terminó con el evento de extinción del Permian-Triásico, la mayor extinción masiva de la historia de la Tierra, en la que casi el 90% de las especies marinas y el 70% de las terrestres se extinguieron. La recuperación del evento de extinción del Permian-Triassic fue prolongada; en tierra, los ecosistemas tardaron 30 millones de años en recuperarse.

Como señaló el Dr. Don Patton, la huella es genuina. Si lo es, significaría que hace cientos de millones de años, un tipo diferente de humano llamó a la Tierra su hogar. Por supuesto, según la evidencia científica, eso no es realmente posible. El período pérmico fue mucho antes de que existieran las aves, los dinosaurios y el hombre.

Una huella gigante que no tiene ningún sentido.

Es enorme. Es antiguo. Es sorprendente.

Situado en Sudáfrica, en las proximidades de la ciudad de Mpaluzi, cerca de la frontera con Swazilandia es una roca misteriosa que tiene una característica increíble.

Un bloque de granito masivo tiene una huella masiva incrustada en su superficie. Los geólogos creen que el bloque de granito data de hace unos 200 millones de años.

Esta huella fascinante fue descubierta hace más de cien años cuando un cazador llamado Stoffel Coetzee tropezó con ella en 1912 mientras cazaba en la zona. La huella dejada en el “granito áspero” mide mas de un metro de largo.

Evidencia de muchos artefactos combinados en la Tierra


Muchos investigadores creen que hay varias pruebas que apuntan a la existencia de civilizaciones antiguas muy avanzadas que existían en la Tierra hace millones de años.

Según el Dr. Alexander Koltypin, geólogo y director del Centro de Investigación en Ciencias Naturales de la Universidad Internacional Independiente de Ecología y Politología de Moscú, hay evidencia de estructuras de millones de años de antigüedad esparcidas por todo el mundo.

Durante su larga carrera, el Dr. Koltypin ha estudiado numerosas estructuras subterráneas antiguas principalmente en el Mediterráneo y ha identificado numerosas similitudes que le han llevado a creer que muchos sitios estaban interconectados. Pero lo que es más increíble, la erosión de las estructuras junto con su composición material y sus rasgos geológicos extremos le han llevado a creer que estas megaestructuras fueron construidas por civilizaciones avanzadas que habitaron la Tierra hace millones de años.

¿Tornillos y clavos de hace 300 millones de años?

Aparentemente, tenemos la historia equivocada.

¿Cuál es la posibilidad de que haya numerosos objetos recuperados en todo el mundo que datan de millones de años atrás? Si los humanos no estaban cerca en ese momento, ¿quién los construyó?

Según informes de agencias de noticias chinas, un objeto misterioso descubierto en 2002 podría ser evidencia de civilizaciones prehistóricas. Las pruebas no han logrado mostrar la composición exacta de la roca misteriosa, los investigadores que incluyen geólogos y físicos de la National Land Resources Bureau of Gansu Province, la Colored Metal Survey Bureau of Gansu Province, el Institute of Geology and Minerals Research of China Academy, Lanzhou Branch, y la School of Resources and Environment of Lanzhou College no están seguros del origen del artefacto y señalan que en este momento, todas las teorías son posibles.

De acuerdo con Lanzhou Morning News, después de una discusión sobre la posibilidad de ser hecha por el hombre y las posibles razones para su formación, los científicos unánimemente etiquetaron la piedra como una de las más valiosas en China y en el mundo de las colecciones, investigadores y estudios arqueológicos “.

Después de muchos estudios, los científicos chinos concluyeron que el artefacto no había sido hecho por las manos contemporáneas o por los niveles actuales de la tecnología, la hipótesis más aceptada es que es un producto de una civilización prehistórica.

Articulo e información relacionada:

Hace millones de años, civilizaciones no-humanas habitaron la Tierra: Ooparts

¿Existió una civilización que coexistió con los dinosaurios?

 

8 grandes preguntas filosóficas que ¿Nunca resolveremos?. (8 great philosophical questions that we’ll never solve)

La mente humana, imperfecta como es, ha sido capaz sin embargo de generar callejones sin salida del pensamiento, proposiciones de índole metafísica que parecen encontrarse en las fronteras de nuestras capacidades intelectuales (a pesar de que, paradójicamente, por estas mismas llegamos a ellas).A continuación 8 de estos supuestos muros que, quizá, en el fondo no sean más que trampas de nuestra abstracción, de la forma en que histórica pero acaso inevitablemente construimos nuestras maneras de pensar.

1. ¿Por qué hay algo en vez de nada?

Parece justo que la existencia sea el primero de estos grandes enigmas. ¿Por qué algo existe cuando parece perfectamente posible que la nada fuera la norma? ¿Qué impulso secreto del universo físico fue el decisivo para que la nada se convirtiera en algo?

2. ¿Nuestro universo es real?

Una de las preguntas más recurrentes del pensamiento humano: la constante duda sobre la realidad de este mundo. De los textos sagrados del hinduismo a Jean Baudrillard, parece que no hay recurso mental que nos permita discernir la realidad real de nuestra realidad (así de redundante y tautológico puede ser nuestro pensamiento). Y aunque, en cierto momento de su desarrollo intelectual, Wittgenstein aseguró que en el dolor podría encontrarse el fundamento de la realidad, la cuestión permanece abierta. Por más compleja que sea la noción de dolor, por más subjetiva y personalísima, ¿no podría una inteligencia superior que nos mantenga en este mundo simulado simular también, con todo detalle, esas sensaciones?

3. ¿Tenemos libre albedrío?

“L’homme est né libre, et partout il est dans les fers”, escribió famosamente Rousseau: “El hombre nace libre, pero encadenado por todos lados”. La paradoja de la libertad es que, aunque una condición supuestamente posible, se da en un contexto contingente en el que una multitud de factores la condicionan. A veces pensamos que cuando tomamos una decisión plenamente conscientes, considerando sus causas y sus consecuencias, los motivos por los cuales la tomamos, esa decisión es ya por eso una decisión libre. ¿Pero esto es cierto? ¿O solo es un autoengaño de quienes ansían desesperadamente creer en libertad? ¿Son los otros, los que piensan que la libertad es absolutamente imposible, quienes tienen la razón en este dilema?

4. ¿Dios existe?

Una entidad omnisciente y todopoderosa gobierna este mundo, desde su creación hasta su destrucción, compensando y retribuyendo, castigando, o manteniéndose al margen pero igualmente con un plan secreto que de cualquier forma terminará por cumplirse. Una entidad metahumana que da orden y sentido a lo que vemos y vivimos, a lo que existe, incluso cuando este orden toma la forma del caos y lo incomprensible. Una vez imaginado, ¿es posible demostrar su existencia o su inexistencia? Y una paradoja lógica para incrementar el impasse: ¿puede Dios crear una piedra tan pesada que ni siquiera él mismo pueda cargarla? Si no puede entonces no es omnipotente, pero si puede entonces tampoco es omnipotente, porque no tiene la fuerza de cargarla. Esta reducción al absurdo nos muestra en todo caso que no es con el lenguaje humano o con la razón que se puede aprehender a Dios.

5. ¿Hay vida después de la muerte?

Es muy posible que el miedo a la muerte, o el hecho de que no entendamos su significado, haya dado origen a la creencia de que la vida no termina con esta.

Quizá, en este caso, antes que responder si hay vida o no después de la muerte (una vida que, además, imaginamos esencialmente idéntica a la que ahora tenemos), tendríamos que responder en primer lugar por qué debemos morir.

La ciencia moderna considera  a la muerte como un agujero negro, un horizonte de sucesos del cual nada se puede decir, ninguna información extraer, ya que nadie ha regresado de este estado. El budismo tibetano por otra parte considera que todos hemos regersado de la muerte, en ese ciclo kármico de la existencia, e incluso ha diseñado un manual para escapar de la reencarnación.

6. ¿Hay algo que en realidad se pueda experimentar objetivamente?

La dualidad entre objeto y sujeto es uno de los pilares del pensamiento humano, al parecer heredado de las filosofías orientales a los primeros grandes pensadores de Occidente. En esencia se trata de un conflicto con nuestra percepción, de la que obtenemos una versión de la realidad que, al mismo tiempo, intuimos que no se corresponde exactamente con algo que podríamos llamar la realidad real, la realidad objetiva. Si tuviéramos la capacidad visual de los halcones o la olfativa de los perros, ¿cómo cambiaría la realidad que percibimos? O, sin incurrir en estas fantasías, pensemos cuán limitado es el mundo para alguien que nace ciego o sordo. Sabemos que existe una realidad absoluta más allá de nuestros sentidos, pero al mismo tiempo parece que estamos condenados a nunca ser capaces de aprehender esa realidad.

7. ¿Cuál es el mejor sistema moral?

La moralidad, esa serie de costumbres y normas que, de algún modo, nos han permitido sobrevivir colectivamente como especie, ha cambiado sustancialmente con el tiempo, si bien hay algunos elementos más o menos comunes a todas las culturas y épocas (por ejemplo, el incesto, ampliamente estudiado por el antropólogo Claude Lévi-Strauss). Sin embargo, también cabe la posibilidad de que la moralidad sea una pantalla que las narrativas históricas se han encargado de superponer a determinadas épocas, por comodidad discursiva, pero que esta no necesariamente haya sido la norma y, en la práctica, en la cotidianidad, el ser humano sea tan liberal o tan reprimido, tan relajado o tan estricto, lo mismo en la época victoriana que en el medioevo o la que ahora vivimos.

8. ¿Qué son los números?

Una de las invenciones más geniales de la mente humana, los números son sin embargo de una naturaleza en esencia incomprensible. Imprescindibles, de uso diario y, sin embargo, enigmáticos y casi inexplicables. ¿Qué es 2? ¿Qué es 5? De nuevo la tautología como único recurso. Parece que solo podemos decir que 2 es 2 y aceptar que estamos en un callejón sin salida (¿o es un asunto de semántica? ¿un problema nada más lingüístico?

No parece casual que Wittgenstein —siempre Wittgenstein— haya puesto a los números en el mismo nivel que los colores («¿Qué es, pues, algo rojo?», se preguntó alguna vez): «No creas que posees en ti el concepto de color porque miras un objeto coloreado —sea cual fuere la forma en que mires (Como tampoco posees el concepto de número negativo por el hecho de tener deudas.) Zettel, 332».

¿Se te ocurre alguna mas?

 

Fuente original: io9.gizmodo.com/8-philosophical-questions-that-well-never-solve? Traducido y adaptado by Vykthor del artículo en inglés a continuación:

 

8 Great Philosophical Questions That We’ll Never Solve

Philosophy goes where hard science can’t, or won’t. Philosophers have a license to speculate about everything from metaphysics to morality, and this means they can shed light on some of the basic questions of existence. The bad news? These are questions that may always lay just beyond the limits of our comprehension.

1. Why is there something rather than nothing?

Our presence in the universe is something too bizarre for words. The mundaneness of our daily lives cause us take our existence for granted — but every once in awhile we’re cajoled out of that complacency and enter into a profound state of existential awareness, and we ask: Why is there all this stuffin the universe, and why is it governed by such exquisitely precise laws? And why should anything exist at all? We inhabit a universe with such things as spiral galaxies, the aurora borealis, and SpongeBob Squarepants. And as Sean Carroll notes, “Nothing about modern physics explains why we have these laws rather than some totally different laws, although physicists sometimes talk that way — a mistake they might be able to avoid if they took philosophers more seriously.” And as for the philosophers, the best that they can come up with is the anthropic principle — the notion that our particular universe appears the way it does by virtue of our presence as observers within it — a suggestion that has an uncomfortably tautological ring to it.

2. Is our universe real?

This the classic Cartesian question. It essentially asks, how do we know that what we see around us is the real deal, and not some grand illusion perpetuated by an unseen force (who René Descartes referred to as the hypothesized ‘evil demon’)? More recently, the question has been reframed as the “brain in a vat” problem, or the Simulation Argument. And it could very well be that we’re the products of an elaborate simulation. A deeper question to ask, therefore, is whether the civilization running the simulation is also in a simulation — a kind of supercomputer regression (or simulationception). Moreover, we may not be who we think we are. Assuming that the people running the simulation are also taking part in it, our true identities may be temporarily suppressed, to heighten the realness of the experience. This philosophical conundrum also forces us to re-evaluate what we mean by “real.” Modal realists argue that if the universe around us seems rational (as opposed to it being dreamy, incoherent, or lawless), then we have no choice but to declare it as being real and genuine. Or maybe, as Cipher said after eating a piece of “simulated” steak in The Matrix, “Ignorance is bliss.”

3. Do we have free will?

4. Does God exist?

Simply put, we cannot know if God exists or not. Both the atheists and believers are wrong in their proclamations, and the agnostics are right. True agnostics are simply being Cartesian about it, recognizing the epistemological issues involved and the limitations of human inquiry. We do not know enough about the inner workings of the universe to make any sort of grand claim about the nature of reality and whether or not a Prime Mover exists somewhere in the background. Many people defer to naturalism — the suggestion that the universe runs according to autonomous processes — but that doesn’t preclude the existence of a grand designer who set the whole thing in motion (what’s called deism). And as mentioned earlier, we may live in a simulation where the hacker gods control all the variables. Or perhaps the gnostics are right and powerful beings exist in some deeper reality that we’re unaware of. These aren’t necessarily the omniscient, omnipotent gods of the Abrahamic traditions — but they’re (hypothetically) powerful beings nonetheless. Again, these aren’t scientific questions per se — they’re more Platonic thought experiments that force us to confront the limits of human experience and inquiry.

5. Is there life after death?

Before everyone gets excited, this is not a suggestion that we’ll all end up strumming harps on some fluffy white cloud, or find ourselves shoveling coal in the depths of Hell for eternity. Because we cannot ask the dead if there’s anything on the other side, we’re left guessing as to what happens next. Materialists assume that there’s no life after death, but it’s just that — an assumption that cannot necessarily be proven. Looking closer at the machinations of the universe (or multiverse), whether it be through a classical Newtonian/Einsteinian lens, or through the spooky filter of quantum mechanics, there’s no reason to believe that we only have one shot at this thing called life. It’s a question of metaphysics and the possibility that the cosmos (what Carl Sagan described as “all that is or ever was or ever will be”) cycles and percolates in such a way that lives are infinitely recycled. Hans Moravec put it best when, speaking in relation to the quantum Many Worlds Interpretation, said that non-observance of the universe is impossible; we must always find ourselves alive and observing the universe in some form or another. This is highly speculative stuff, but like the God problem, is one that science cannot yet tackle, leaving it to the philosophers.

6. Can you really experience anything objectively?

There’s a difference between understanding the world objectively (or at least trying to, anyway) and experiencing it through an exclusively objective framework. This is essentially the problem of qualia — the notion that our surroundings can only be observed through the filter of our senses and the cogitations of our minds. Everything you know, everything you’ve touched, seen, and smelled, has been filtered through any number of physiological and cognitive processes. Subsequently, your subjective experience of the world is unique. In the classic example, the subjective appreciation of the color red may vary from person to person. The only way you could possibly know is if you were to somehow observe the universe from the “conscious lens” of another person in a sort of Being John Malkovich kind of way — not anything we’re likely going to be able to accomplish at any stage of our scientific or technological development. Another way of saying all this is that the universe can only be observed through a brain (or potentially a machine mind), and by virtue of that, can only be interpreted subjectively. But given that the universe appears to be coherent and (somewhat) knowable, should we continue to assume that its true objective quality can never be observed or known? It’s worth noting that much of Buddhist philosophy is predicated on this fundamental limitation (what they call emptiness), and a complete antithesis to Plato’s idealism.

7. What is the best moral system?

Essentially, we’ll never truly be able to distinguish between “right” and “wrong” actions. At any given time in history, however, philosophers, theologians, and politicians will claim to have discovered the best way to evaluate human actions and establish the most righteous code of conduct. But it’s never that easy. Life is far too messy and complicated for there to be anything like a universal morality or an absolutist ethics. The Golden Rule is great (the idea that you should treat others as you would like them to treat you), but it disregards moral autonomy and leaves no room for the imposition of justice (such as jailing criminals), and can even be used to justify oppression (Immanuel Kant was among its most staunchest critics). Moreover, it’s a highly simplified rule of thumb that doesn’t provision for more complex scenarios. For example, should the few be spared to save the many? Who has more moral worth: a human baby or a full-grown great ape? And as neuroscientists have shown, morality is not only a culturally-ingrained thing, it’s also a part of our psychologies (the Trolly Problem is the best demonstration of this). At best, we can only say that morality is normative, while acknowledging that our sense of right and wrong will change over time.

8. What are numbers?

We use numbers every day, but taking a step back, what are they, really — and why do they do such a damn good job of helping us explain the universe (such as Newtonian laws)? Mathematical structures can consist of numbers, sets, groups, and points — but are they real objects, or do they simply describe relationships that necessarily exist in all structures? Plato argued that numbers were real (it doesn’t matter that you can’t “see” them), but formalists insisted that they were merely formal systems (well-defined constructions of abstract thought based on math). This is essentially an ontological problem, where we’re left baffled about the true nature of the universe and which aspects of it are human constructs and which are truly tangible.

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