La escuela como instrumento de poder y la Andragogía

«No defendemos un modelo educativo por encima ni por contraposición a otros. Defendemos que todos los modelos tienen aspectos positivos y que corresponde a cada familia elegir el que más se ajuste a las necesidades de cada uno de sus hijos.» Laura Mascaró

La reverdecida disputa en torno a la enseñanza de idiomas en nuestras escuelas, la virulencia ocasional con que los defensores de uno u otro bando lingüístico y, sobre todo, los millones de palabras vertidas haciendo apología de tal o cual postura ponen en evidencia una vez más uno de los mayores errores de nuestro sistema educativo: los niños son objetos por moldear y no sujetos de su propio proceso de aprendizaje. Olvidamos no sólo sus necesidades, como apunta Mascaró, también el fomento de sus capacidades, mutiladas por las cuchillas de los principios igualitaristas, debidamente homogeneizadas en el smoothie marca “Buen Ciudadano”.

La educación es ante todo una aventura, en la que asumimos la enorme responsabilidad de acompañar a nuestros hijos en la adquisición de conocimiento, mediante el aprendizaje y el esfuerzo. La meta es ofrecerles herramientas para que ellos puedan iniciar el camino en la búsqueda de una mejor y mayor comprensión del mundo.

Educar va de la mano con el desarrollo de la propia mente de cada niño o su capacidad de pensar de forma independiente y da sentido a contextos más amplios que van mucho más allá de lo experimentado personalmente. La instrumentalización de la educación en función de propósitos políticos o ideológicos es justamente lo contrario de educar: apenas se trata de un adiestramiento. El monopolio de la educación, asegurado vía legislación educativa, garantiza que todos aprendamos desde pequeños cómo debe pensar y actuar el ciudadano de mañana.

El verdadero valor añadido de la obligatoriedad, universalidad y falsa gratuidad de la escuela es el de minimizar la tabla de alternativas sociales y la resistencia ideológica de la manera más temprana posible.

“La filosofía del aula en una generación será la filosofía del gobierno en la siguiente.” Abraham Lincoln

Así hemos llegado a un sistema en el que la educación ya no es de diseño abierto, no fomenta el desarrollo de las facultades de los alumnos. Los programas escolares están preñados por el “proyecto integrador” propuesto (impuesto) por la clase política dominante. Al final, la ideologización de las escuelas genera un sistema escolar en el que ya no es la calidad de los conceptos pedagógicos la que marca las pautas. Lo que verdaderamente importa es qué grupo tiene el poder de suprimir los intereses educativos de otros grupos e imponer los propios mediante la acción política.

Dar un paseo por nuestras escuelas no es reconfortante. Pudiera parecer que los centros educativos estén ahí para limitar a nuestros hijos en lugar de fomentar sus capacidades. Aunque los niños son naturalmente vivaces e inquietos, se ven obligados a quedarse quietos durante muchas horas todos los días. A las limitaciones en la movilidad física se unen aquellas encaminadas a limitar la movilidad intelectual: los niños son indoctrinados en lo que es bueno, y lo que es malo: aprenden a obedecer. Doce años de condicionamiento en la negación del espíritu crítico y la estigmatización de la rebeldía, la excepcionalidad, el mérito o, simplemente, la individualidad.

Consecuencia de todo ello es que hoy en día, defender las sociedades libres, la libre iniciativa, el libre comercio o la responsabilidad individual, sea una labor de locos utopistas. Nuestros hijos no aprenden que las sociedades son dinámicas y que son ellos, desde sus particularidades y la multiplicidad de interacciones con otros que de ellas surgen quienes determinan esa dinámica y las emergencias que la caracterizan. Se les presenta un modelo social “bueno”, perfecto y deseable, el único deseable. Nuestros hijos no aprenden que son su voluntad y sus actos los que determinan mayormente el éxito o el fracaso de sus afanes. Los políticos ya se encargarán de todo.

El problema va mucho más allá de la discusión sobre la conveniencia de, o sobre cuántas horas de “Lengua española” debe recibir un niño residente en Barcelona. La integración social, por ejemplo, es también un objetivo político que se ha pervertido hasta lograr viciar el ámbito educativo. Colocar a las escuelas bajo presión política convirtiéndolas en fábricas de cohesión social solo es posible a expensas de los estándares educativos. Así, en lugar de exigir rendimiento y esfuerzo, es más importante no excluir a nadie.

Sócrates es un magnífico ejemplo de verdadero pedagogo y andragogo: fue ejecutado por aquello que todos los educadores deberían hacer: corromper a la juventud y negar a los dioses de su ciudad

Lo verdaderamente difícil deja de ser importante. La exigencia intelectual se abandona mientras se reduce el nivel de los requisitos mínimos para que nadie se quede atrás. Y sin embargo afirmo: el esfuerzo no es elitista; negar a los niños y jóvenes oportunidades sociales y económicas sí lo es. Y eso es justamente lo que sucede cuando la mayoría de los niños asisten a escuelas que ya no están interesadas en promover el conocimiento.

Los contenidos de la educación no deben estar determinados por los guardianes de la virtud del bienestar social o emocional, sino únicamente por la naturaleza de los mismos. El Conocimiento (así, con mayúsculas) y la mejor comprensión de la realidad, metas fundamentales de la educación, no persiguen un objetivo moral. Aquí, como en muchas otras cosas, Sócrates es un magnífico ejemplo de verdadero pedagogo y andragogo: fue ejecutado por aquello que todos los educadores deberían hacer: corromper a la juventud y negar a los dioses de su ciudad. Su oferta educativa hizo que los jóvenes se convirtieran en “demasiado críticos” a los ojos de aquellas personas que tenían entonces el objetivo de lo que hoy llamaríamos “cohesión social”.

¿Que es la Andragogía?

En la actualidad la andragogía considera que la educación no es sólo cuestión de niños y adolescentes, el hecho educativo es un proceso que actúa sobre el hombre a lo largo de toda su vida, siendo que la naturaleza del hombre y la mujer permite que pueda continuar aprendiendo durante toda su vida sin importar su edad, los adultos generan y acumulan capital intelectual, tienen la posibilidad de transferir el conocimiento a otros, la enseñanza a un adulto debe ser objetiva, clara y aplicable en los procesos de la vida personal o laboral cotidiana.

La Andragogía

La primera vez que se ocupó esta expresión, fue el maestro alemán Alexander Kapp, en 1833, quien intentó describir la práctica educativa que Platón ejerció al instruir a sus pupilos, a últimas fechas, se ha dado suma importancia a los preceptos andragógicos para identificar la forma en que se logra el aprendizaje en la educación de adultos de forma tal que éstos logran el desarrollo auto sostenido e integral que les lleva a ubicarse como individuos capaces de contribuir a logros profesionales, de crecimiento personal y de intervención comunitaria y social.

La Andragogía es la disciplina que se ocupa de la educación y el aprendizaje del adulto, ahora bien, el término de andragogía procede del griego “ανδροσ” que significa hombre adulto y “γογία” que significa guiar o conducir, adulto, proviene de la voz latina adultus, que puede interpretarse como “ha crecido” luego de la etapa de la adolescencia, esta disciplina nos permite incrementar el pensamiento, la autogestión, la calidad de vida y la creatividad del participante adulto, con el propósito de proporcionarle una oportunidad para que logre su autorrealización personal y laboral.

La andragogía como herramienta de capacitación

Los adultos se disponen a aprender lo que necesitan saber o poder hacer para cumplir su papel en la sociedad, específicamente en su contexto laboral, pero tambien personal y comunitario, y en su entorno, ellos deben mirar la capacitación como un proceso para mejorar su capacidad de resolver problemas y modificar positivamente el mundo que les rodea.

Resumiendo la Andragogía

El autoaprendizaje, la lectura y la filosofia son las herramientas mas poderosas de las que puede disponer el joven y mas aún adulto, estas le permitiran recuperar parte de las estructuras de pensamiento e imaginacion perdidas a traves de años de acondicionamiento, mas a través del presente articulo y mis propios estudios he podido constatar que la andragogía es una disciplina pedagógica necesaria para nuestros tiempos. Su importancia ha ido creciendo, la educación de los adultos no es una tonteria, es un modo que ayuda a construir una sociedad más sólida, equitativa,  justa y de igualdad de oportunidades. El ser humano nunca deja de aprender, mas una época donde el trabajo cada vez mas escaso y peor remunerado que realiza una persona es cada vez más avanzado, es necesario hacer capaces a los hombres y las mujeres de tareas muy especializadas, y es de esa necesidad de “ser capaces” de donde surge la “capacitación” y la Andragogia. La naturaleza del ser humano indica que puede continuar aprendiendo durante toda su vida. La evidencia científica demuestra que tienen capacidad para hacerlo, solo falta que las empresas y la sociedad den la oportunidad de implementar la enseñanza universal objetiva y especializada en las correspondientes cotas de nuestras vidas y así darse cuenta de los resultados y beneficios que trae tanto a nivel personal como colectivo.

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Cómo narcotizar a unos y volver fanáticos a otros, cómo detectar falacias, gracias a la filosofía.

Cuando Confucio fue interpelado por su compatriota Tzu-Lu sobre qué haría si se convirtiera en gobernador de su comunidad, aquel le respondió: mi primera medida sería “la reforma del lenguaje”…

El lenguaje es colectivo, sin embargo, el pensamiento puede ser, acaso, individual si media la consciencia, el entendimiento y la comprensión.

Recibimos los mismos mimbres en todos los casos para todas las personas. Mismos mimbres que, sin embargo, pueden fabricar figuras diversas y diferentes o dibujar paisajes bien alejados de lo que marca lo convencional si se potencia la imaginación.

La educación actual, totalmente acrítica e incívica, es una fábrica de individuos que abrazan la ortodoxia y el conformismo, gente sin horizontes ni raíz, replicantes de un régimen que fagocita toda excentricidad y sofoca la disidencia y la insumisión.

El individuo gregario subordina su responsabilidad y su civismo autónomo al dictado generalizado de lo “políticamente correcto”, a la inercia fatal de las masas acéfalas, al despotismo de seres inhumanos que solo se interesan por el pragmatismo económico.

El caso es que suele confundirse la colectividad, el grupo colectivo, con la masa indiferenciada. El totum revolutum de lo informe de la masa es inhábil para (re)crear y (re)generar un discurso racional que esté acorde con las necesidades de los tiempos presentes. Y, así, repetimos los mismos fallos y los mismos prejuicios inveterados de siempre. Ello porque no hay individuos plenos en razón que se despeguen del oficial discurso de la masa y, cuando alguno se vuelve consciente de ello, la masa bien adiestrada, trata rápidamente de anularlo.

Las fuerzas impersonales, invisibles e inconscientes de la masa generalizada en los ambientes más coactivos impiden el libre ejercicio de la individualidad y el desarrollo de todas sus capacidades y potencialidades: es, en último término, un régimen autoritario camuflado, que opera subrepticiamente, con resultados sorprendentes para todas las partes: para la masa y para los que dirigen el pensamiento colectivo.

La reglamentación excesiva en la organización de las sociedades lleva, si esta es propiciada por la élite del poder político, esto es, por una minoría de profesionales al servicio de oligopolios económicos, al autoritarismo indeseable.

El exceso de organización uniformadora y homogeneizadora que propone el ámbito cuantitativo pseudocientífico, junto con la absoluta influencia de los medios de comunicación, cuya actividad está ahogando todo atisbo de crítica y de pensar autónomo, están acelerando el proceso de ignorancia en las masas colectivas, que ven con agrado cómo el narcótico de la información aletarga sus sentidos y los sume en unas vacaciones acríticas e irreales en donde son mucho más fácilmente manipulables.

Si queremos corregir algunos problemas acuciantes y perentorios del ser humano, improrrogables, hemos de conformar un pensamiento propio, sin miedo a la soledad de la singularidad, original y novedoso, que incida en lo colectivo para enriquecerlo, y haga de las personas y sus problemas el principal caballo de batalla.

Porque los mimbres ya los tenemos. Tan solo hace falta imaginación para construir algo bello. El lema ilustrado está más vigente que nunca: ¡Atrévete a saber!

Ilustración del artista Paul Garland.

Ocho falacias lógicas con las que los políticos hackean tu mente.

Cuando en un debate parlamentario o en un tertulia política se está tratando algún asunto de importancia para el devenir del país y alguien saca a la palestra la pasada afinidad chavista de Pablo Iglesias o la supuesta incultura libresca de Albert Rivera, por poner un par de ejemplos, estamos asistiendo a lo que se llama un argumento ‘ad hominem’, uno de los muchos tipos de falacia lógica que tenemos que sufrir en los debates que se dan en la política, los medios de comunicación o las redes sociales, especialmente en épocas turbulentas como las que vivimos.

Las falacias lógicas, que deberíamos conocer desde los estudios de Filosofía en el sistema educativo, son razonamientos erróneos que parecen válidos. El discurso público en parlamentos, tertulias, medios de comunicación, redes sociales y charlas de bar está plagado de ellas. Es preciso conocerlas para detectarlas y pensar con independencia.

El argumento ‘ad hominem’ (o “contra el hombre”) no es un argumento válido: esgrimir las circunstancias personales de alguien o airear sus trapos sucios no sirve para negar lo que esta persona afirma. Digamos, por ejemplo, que el hecho de que una persona sea una asesina no le quita la razón cuando dice que asesinar está mal. El que usa el argumento ‘ad hominem’ simplemente trata de tener razón desacreditando a la persona con la que discute sin probar que lo que pretende refutar es, en efecto, falso.

“Turing piensa que las máquinas piensan. Turing es homosexual. Por tanto las máquinas no piensan”, ejemplificaba el matemático Alan Turing, padre de la informática, los argumentos de este tipo que se utilizaban contra él. Pero “la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero”, como escribe Antonio Machado.

Las falacias lógicas abundan en el discurso público y muchas veces resultan difíciles de identificar: son patrones de razonamiento erróneos pero que aparentan ser válidos. Pero “cualquier comunicación honesta debería prescindir de ellas en la medida de lo posible, por lo que conviene estar muy al tanto de cuáles son, cómo detectarlas y combatirlas” dice en la web que la ARP Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico dedica a estas falacias.

¿Por qué tienen tanto éxito si se trata de argumentos manifiestamente falsos? “La mayor parte del discurso público se centra en convencer y no en explicar”, dice José María Mateos, doctor en Bioingeniería, miembro de la ARP y divulgador de las falacias lógicas, “si aceptamos esa premisa, que yo creo que tiene bastante validez, podemos entender por qué esto es algo que se utiliza de forma general en todo el espectro político”.

El filósofo Arthur Schopenhauer escribió un pequeño manual, que se publicó de forma póstuma, con 38 argucias, muchas de ellas falacias lógicas, que se titulaba ‘El arte de tener razón’. “Queremos ganar adeptos, aunque haya que arrastrar los argumentos por el fango”, dice el experto.

Para evitar ese fango y formar ciudadanos críticos y no manipulables es precisa la enseñanza de las falacias en el sistema educativo, un sistema en el que, precisamente, las asignaturas de Filosofía están en retroceso. “Debería ser algo básico, como saber leer o sumar. El conocimiento de estas argucias es una herramienta básica para poder construir nuestros esquemas mentales con unas bases sólidas”, denunciamos muchos profesores y filósofos.

¿Están estas falacias tan aceptadas por nuestra mente que las utilizamos de forma inconsciente? “Creo que las usamos en la medida en la que no las conocemos”, dice Mateos, “cuanto más conscientes somos de ellas más esfuerzo podemos hacer por evitarlas, o al menos por darnos cuenta de que las estamos utilizando y adaptar o cambiar nuestros razonamientos”. Aunque tal cosa suene muy fácil puede no serlo: a nadie le gusta descubrir que parte de su visión del mundo proviene de argumentos mal hilados.

A continuación algunas de las falacias lógicas más extendidas (aparte del argumento ‘ad hominem’ citado al principio).

1.- El ventilador

El ventilador que se supone ventila mierda en todas direcciones, también conocido como el “y tú más”, un argumento de corte infantil pero que utilizan sin rubor señores ya muy creciditos y con asombrosa frecuencia. Hablando formalmente es el argumento ‘tu quoque’.

Un ejemplo clásico se da cuando el PSOE le recrimina la corrupción al PP -Gürtel, etcétera- y el PP contrataca con el caso de los Ere’s de Andalucía o la vieja corrupción de finales del felipismo. Esto es una falacia defensiva, un argumento no válido, porque el hecho de que el PSOE sea o haya sido corrupto no libera al PP de la responsabilidad por su propia corrupción.

2. El hombre de paja

Esta extendida falacia consiste en no rebatir los argumentos del adversario sino una versión exagerada y deformada de estos, como un espantapájaros. Por ejemplo, cuando un miembro de la izquierda propone una medida como nacionalizar la industria eléctrica como un bien básico para los ciudadanos y un miembro de la derecha le acusa que querer volver al comunismo y convertirnos en la Unión Soviética. Nacionalizar la electricidad no es volver a la URSS, sin embargo se puede combatir de esa manera exagerada.

3. Nosotros o el caos

Es el llamado falso dilema: se da a elegir entre dos opciones, una u otra, cuando en realidad hay otras disponibles. Además de enunciados como “nosotros o el caos” (como aparecía en una portada de la revista satírica ‘Hermano Lobo’: las masas elegían el caos y los próceres decían “da igual, el caos también somos nosotros”), “o estás con nosotros o estas con ellos”. Este falso dilema se ofrece con frecuencia en conflictos nacionalistas como el de Euskadi o Cataluña, donde muchas veces las únicas opciones que se ofrecen es la adhesión sin fisuras a cualquiera de los dos bandos principales mientras que puede haber terceras opciones. Ya saben: una escala de grises.

4. No entender la causalidad

La falacia ‘post hoc, ergo propter hoc’ se trata de suponer que dos acontecimientos seguidos en el tiempo tienen una relación causa-efecto. Por ejemplo, se da cuando se realiza una reforma laboral y el paro desciende pero por otras razones, por ejemplo la llegada del verano donde aumenta el empleo estacional ligado al turismo. Si alguien liga los dos hechos cae en una de estas falacias. Como cuando alguien que toma homeopatía o va a sesiones de reiki luego se cura: son hechos que no suponen causa y efecto, dado que no está demostrado que estas terapias funcionen más allá del placebo.

5. El sofisma populista (en el mal sentido de la palabra)

La falacia ‘ad populum’ apela a la opinión de la mayoría, del pueblo, o a las emociones. Un ejemplo de Pablo Iglesias recogido por Silvia Cruz en El Estado Mental: “Si algunos de los que gobiernan este país supieran lo que es tener una pensión pública o un salario de 900 euros, igual nos iría mejor”. No hay pruebas de que esto sea cierto, pero la idea puede llegar con facilidad a las masas. Argumentos de este tipo fueron fundamentales en el discurso con el que, según Shakespeare, Marco Antonio se metió a las masas en el bolsillo tras el asesinato de Julio César.

6. Una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad

Lo sabía bien el ministro de Propaganda nazi, Joseph Goebbels, y se sigue utilizando hoy en día, se llama argumento ‘ad nauseam’: hasta la nausea. En el panorama actual, de hegemonía neoliberal, se repiten muchos mantras económicos en absoluto ciertos pero que, de tanto oídos, parecen leyes científicas: “lo privado funciona siempre mejor que lo público” o “los mercados libres se regulan a sí mismos sin intervención externa”.

7. Razonar en círculo.

En un razonamiento circular la conclusión ya está en la premisa de manera más o menos evidente. Ejemplo: la Biblia es la palabra de Dios. ¿Por qué lo sabemos? Porque lo dice la Biblia. ¿Por qué debemos creer a la Biblia?. Porque dice la Verdad. ¿Por qué lo sabemos? Porque es la palabra de Dios.

8. La pendiente resbaladiza.

Este tipo de razonamiento falaz dice que si tomamos una medida todo va avanzar de forma rápida y descontrolada hacia el caos y la hecatombe. Un senador chileno dijo que si se aceptaba el matrimonio homosexual al final la gente se iba a poder casar con un perro o con un burro. En España, se dijo que si se retiraban los crucifijos de los colegios públicos habría que derruir las catedrales, cerrar los museos, olvidar los cementerios, eliminar las navidades, quitar belenes y hasta la cruz de la bandera asturiana, etc. En efecto, una pendiente resbaladiza.

Cómo surge el fanatismo y por qué es tan difícil de erradicar

El siguiente vídeo se reduce todo lo explicado anteriormente a una duración de casi 6 minutos donde se nos explica de forma muy simple cómo surge el fanatismo y por qué es tan difícil de erradicar. Por lo menos espero que el vídeo sirva para cuestionarnos a nosotros mismos y ayudarnos a entender mejor ciertas dinámicas sociales prescindiendo -al menos por un momento- del dogmatismo y los prejuicios.

 

Byung-Chul Han: ¿Por qué hoy no es posible la revolución? Desencanto, la muerte de Eros y del pensamiento.

Para descifrar la alta estabilidad del sistema de dominación liberal hay que entender cómo funcionan los actuales mecanismos de poder. El comunismo como mercancía es el fin de la revolución.

¿Por qué el régimen de dominación neoliberal es tan estable? ¿Por qué hay tan poca resistencia? ¿Por qué toda resistencia se desvanece tan rápido? ¿Por qué ya no es posible la revolución a pesar del creciente abismo entre ricos y pobres? Para explicar esto es necesario una comprensión adecuada de cómo funcionan hoy el poder y la dominación.

Quien pretenda establecer un sistema de dominación debe eliminar resistencias. Esto es cierto también para el sistema de dominación neoliberal. La instauración de un nuevo sistema requiere un poder que se impone con frecuencia a través de la violencia. Pero este poder no es idéntico al que estabiliza el sistema por dentro. Es sabido que Margaret Thatcher trataba a los sindicatos como “el enemigo interior” y les combatía de forma agresiva. La intervención violenta para imponer la agenda neoliberal no tiene nada que ver con el poder estabilizador del sistema.

El poder estabilizador de la sociedad disciplinaria e industrial era represivo. Los propietarios de las fábricas explotaban de forma brutal a los trabajadores industriales, lo que daba lugar a protestas y resistencias. En ese sistema represivo son visibles tanto la opresión como los opresores. Hay un oponente concreto, un enemigo visible frente al que tiene sentido la resistencia.

El carácter estabilizador del sistema ya no es represor, sino seductor; es decir, cautivador.

El sistema de dominación neoliberal está estructurado de una forma totalmente distinta. El poder estabilizador del sistema ya no es represor, sino seductor, es decir, cautivador. Ya no es tan visible como en el régimen disciplinario. No hay un oponente, un enemigo que oprime la libertad ante el que fuera posible la resistencia. El neoliberalismo convierte al trabajador oprimido en empresario, en empleador de sí mismo. Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona. También la lucha de clases se convierte en una lucha interna consigo mismo: el que fracasa se culpa a sí mismo y se avergüenza. Uno se cuestiona a sí mismo, no a la sociedad.

Es ineficiente el poder disciplinario que con gran esfuerzo encorseta a los hombres de forma violenta con sus preceptos y prohibiciones. Es esencialmente más eficiente la técnica de poder que se preocupa de que los hombres por sí mismos se sometan al entramado de dominación. Su particular eficiencia reside en que no funciona a través de la prohibición y la sustracción, sino a través del deleite y la realización. En lugar de generar hombres obedientes, pretende hacerlos dependientes. Esta lógica de la eficiencia es válida también para la vigilancia. En los años ochenta, se protestó de forma muy enérgica contra el censo demográfico. Incluso los estudiantes salieron a la calle. Desde la perspectiva actual, los datos necesarios como oficio, diploma escolar o distancia del puesto de trabajo suenan ridículos. Era una época en la que se creía tener enfrente al Estado como instancia de dominación que arrebataba información a los ciudadanos en contra de su voluntad. Hace tiempo que esta época quedó atrás. Hoy nos desnudamos de forma voluntaria. Es precisamente este sentimiento de libertad el que hace imposible cualquier protesta. La libre iluminación y el libre desnudamiento propios siguen la misma lógica de la eficiencia que la libre autoexplotación. ¿Contra qué protestar? ¿Contra uno mismo?

Es importante distinguir entre el poder que impone y el que estabiliza. El poder estabilizador adquiere hoy una forma amable, smart, y así se hace invisible e inatacable. El sujeto sometido no es ni siquiera consciente de su sometimiento. Se cree libre. Esta técnica de dominación neutraliza la resistencia de una forma muy efectiva. La dominación que somete y ataca la libertad no es estable. Por ello el régimen neoliberal es tan estable, se inmuniza contra toda resistencia porque hace uso de la libertad, en lugar de someterla. La opresión de la libertad genera de inmediato resistencia. En cambio, no sucede así con la explotación con la libertad. Después de la crisis asiática, Corea del Sur estaba paralizada. Entonces llegó el FMI y concedió crédito a los coreanos. Para ello, el Gobierno tuvo que imponer la agenda liberal con violencia contra las protestas. Hoy apenas hay resistencia en Corea del Sur. Al contrario, predomina un gran conformismo y consenso con depresiones y síndrome de Burnout. Hoy Corea del Sur tiene la tasa de suicidio más alta del mundo. Uno emplea violencia contra sí mismo, en lugar de querer cambiar la sociedad. La agresión hacia el exterior que tendría como resultado una revolución cede ante la autoagresión.

Cada uno es amo y esclavo. La lucha de clases se convierte en una lucha interna, consigo mismo.

Hoy no hay ninguna multitud cooperante, interconectada, capaz de convertirse en una masa protestante y revolucionaria global. Por el contrario, la soledad del autoempleado aislado, separado, constituye el modo de producción presente. Antes, los empresarios competían entre sí. Sin embargo, dentro de la empresa era posible una solidaridad. Hoy compiten todos contra todos, también dentro de la empresa. La competencia total conlleva un enorme aumento de la productividad, pero destruye la solidaridad y el sentido de comunidad. No se forma una masa revolucionaria con individuos agotados, depresivos, aislados.

No es posible explicar el neoliberalismo de un modo marxista. En el neoliberalismo no tiene lugar ni siquiera la “enajenación” respecto del trabajo. Hoy nos volcamos con euforia en el trabajo hasta el síndrome de Burnout [fatiga crónica, ineficacia]. El primer nivel del síndrome es la euforia. Síndrome de Burnout y revolución se excluyen mutuamente. Así, es un error pensar que la multitud derroca al empire parasitario e instaura la sociedad comunista.

¿Y qué pasa hoy con el comunismo? Constantemente se evocan el sharing (compartir) y la comunidad. La economía del sharing ha de suceder a la economía de la propiedad y la posesión. Sharing is caring, [compartir es cuidar], dice la máxima de la empresa Circler en la nueva novela de Dave Eggers, The Circle. Los adoquines que conforman el camino hacia la central de la empresa Circler contienen máximas como “buscad la comunidad” o “involucraos”. Cuidar es matar, debería decir la máxima de Circler. Es un error pensar que la economía del compartir, como afirma Jeremy Rifkin en su libro más reciente La sociedad del coste marginal nulo, anuncia el fin del capitalismo, una sociedad global, con orientación comunitaria, en la que compartir tiene más valor que poseer. Todo lo contrario: la economía del compartir conduce en última instancia a la comercialización total de la vida.

El cambio, celebrado por Rifkin, que va de la posesión al “acceso” no nos libera del capitalismo. Quien no posee dinero, tampoco tiene acceso al sharing. También en la época del acceso seguimos viviendo en el Bannoptikum, un dispositivo de  exclusión, en el que los que no tienen dinero quedan excluidos.  Airbnb, el mercado comunitario que convierte cada casa en hotel, rentabiliza incluso la hospitalidad. La ideología de la comunidad o de lo común realizado en colaboración lleva a la capitalización total de la comunidad. Ya no es posible la amabilidad desinteresada. En una sociedad de recíproca valoración también se comercializa la amabilidad. Uno se hace amable para recibir mejores valoraciones. También en la economía basada en la colaboración predomina la dura lógica del capitalismo. De forma paradójica, en este bello “compartir” nadie da nada voluntariamente. El capitalismo llega a su plenitud en el momento en que el comunismo se vende como mercancía. El comunismo como mercancía: esto es el fin de la revolución.

“Ahora uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose”. 

Han recuerda que las redes solo quieren presentarnos aquellas secciones del mundo que nos gustan. Es decir, al final esta interconexión digital no facilita el contacto con otros, sino que sirve “para encontrar personas iguales y que piensan igual, haciéndonos pasar de largo ante los desconocidos y quienes son distintos”, escribe en La expulsión de lo distinto. La consecuencia es que nuestro horizonte de experiencias “se vuelve cada vez más estrecho”.

Nos vigilamos unos a otros

Otro efecto de esta exposición constante es que hemos creado un panóptico digital. Con su panóptico, Jeremy Bentham propuso un diseño de prisión en el que el vigilante siempre podía observar a todos los presos. En cambio, en su versión digital todos nosotros somos vigilantes y vigilados a la vez: “El Big Brother digital traspasa su trabajo a los reclusos”.

Las redes “generan un efecto de conformidad, como si cada uno vigilara al otro, y ello previamente a cualquier vigilancia y control por servicios secretos”, escribe en Psicopolítica. No necesitamos a la NSA estadounidense para buscar y exponer tuits ajenos que nos parezcan fuera de lugar y someterlos al que en su opinión es el “auténtico fenómeno de la comunicación digital”, los linchamientos.

La indignación sin discurso

Esta vigilancia acaba generando olas de indignación que “son muy eficientes para movilizar y aglutinar la atención”. Pero que también son “demasiado incontrolables, incalculables, inestables, efímeras y amorfas” como para “configurar el discurso público”, escribe en En el enjambre.

En esta movilización no hay comunicación real ni ninguna identificación con la comunidad. Tampoco se desarrolla “ninguna fuerza poderosa de acción”. Genera mucho ruido, pero ninguna voz, ningún público articulado. Las multitudes indignadas son fugaces y dispersas, “enjambres de puras unidades”.

La indignación queda en nada porque “el nuevo hombre teclea en lugar de actuar”. Somos consumidores y ante la política o los movimientos sociales solo reaccionamos de forma pasiva. Y, como si se tratara de cualquier servicio o producto, nos limitamos a refunfuñar y a quejarnos, sin ir más allá.

Una sucesión de instantes

En redes compartimos toda clase de información: nuestras opiniones, nuestras fotos, nuestro currículum… “Sin saber quién, ni qué, ni cuándo, ni en qué lugar se sabe de nosotros”, recuerda en Psicopolítica. Todo lo que publicamos es susceptible de empaquetarse y venderse en forma de datos. Es decir, no solo nos explotan durante el tiempo de trabajo, “sino también a toda la persona, la atención total, incluso la vida misma”. Lo hacemos además de forma voluntaria y gratuita.

El big data puede ser incluso peor que el Gran Hermano, ya que no olvida nada. Cualquier error o indiscreción seguirá apareciendo en Google dentro de décadas.

Quizás no pensamos en lo que ocurrirá dentro de décadas porque también ha cambiado la forma en la que experimentamos el tiempo. No es que se haya acelerado, como se dice en ocasiones, sino que se trata de un tiempo atomizado, en el que “todos los momentos son iguales entre sí” y en el que se “destruye la experiencia de la continuidad”, explica en El aroma del tiempo. Vivimos en un “shock del presente”, como apuntaba el ensayista Douglas Rushkoff: nuestro día a día se organiza alrededor de las notificaciones del móvil, sin permitirnos ni un solo momento vacío.

Nuestros tuits no narran “ninguna historia de vida, ninguna biografía”. Es solo adición y no narración. Lo mismo ocurre con todo lo que acumulamos en Facebook: fotos, publicaciones, comentarios… Esa memoria digital se parece a un trastero en el que amontonamos todo lo que ni usamos, ni tiramos. Es decir, al final no somos capaces ni de olvidar ni de recordar.

Estos instantes no tienen ningún elemento en común, “ningún proceso vital más allá de la búsqueda de la excitación continua”. Y de ahí procede el ritmo nervioso que caracteriza a la vida actual. Se vuelve a empezar una y otra vez, se hace zapping entre las “opciones vitales”. Nos apresuramos de un presente a otro sin aprender de lo vivido ni planificar el futuro. “Así es como uno envejece sin hacerse mayor”, escribe Han. Y añade, para rematar, “por eso la muerte, hoy en día, es más difícil”.

Aunque Han no es muy optimista, sí que ofrece una solución: la contemplación, el silencio. Pero no se refiere a apartarse del mundo ni volver a una sociedad premoderna, “sino de pararnos a pensar, a mirar”, para poder así reflexionar acerca de nuestras vidas y darles ese sentido, esa narrativa que se corre el riesgo de perder. Y, también, para evitar caer en engaños, como cuando confundimos la autoexplotación con la realización personal o como cuando olvidamos que el trabajo es solo un medio y no un fin en sí mismo.

Byung-Chul Han, pensador coreano afincado en Berlín, es la nueva estrella de la filosofía alemana. La asfixiante competencia laboral, el exhibicionismo digital y la falaz demanda de transparencia política son los males contemporáneos que analiza en su obra.

Por qué Eros agoniza y el pensamiento llega a su final.

Uno de los ensayos que mejor acogida está teniendo en España es La agonía del Eros (Herder editorial), la obra del filósofo de la Universidad de las Artes de Berlín Byung-Chul Han. En ella, el pensador alemán de origen coreano parte de las teorías sobre la forma en que seleccionamos hoy a nuestras parejas descritas por la socióloga Eva Illouz para señalar cómo el amor está amenazado por algo más que la libertad sin fin y las enormes posibilidades de elección.

Antes, argumenta Illouz, estábamos ligados a nuestro entorno, de forma que el número de partenaires que podíamos conocer era limitado; hoy existen muchísimas más posibilidades de elección gracias a internet y eso, entre otros factores, nos ha hecho mucho más utilitaristas. Para Han, el problema va mucho más allá, ya que vivimos en una sociedad narcisista, donde la libido se invierte en la propia subjetividad y el mundo se presenta sólo como una proyección de sí mismo. Esa “erosión del otro” es la que mata al Eros, porque el narcisista no puede encontrar nada fuera que sea distinto de sí, y por lo tanto no hay nada que pueda amar.

La mejor prueba de esa erosión del otro está en el porno, que es la antípoda del Eros porque aniquila la sexualidad misma. Bajo este aspecto, dice Han, es incluso más eficaz que la moral: lo obsceno en el porno no es el exceso de sexo, sino que allí no hay sexo. La sexualidad hoy, no está amenazada por aquella razón pura que, adversa al placer, evita el sexo por ser algo sucio sino por la pornografía.

Esa ‘erosión del otro’ es la que mata al Eros, porque el narcisista no puede encontrar nada fuera que sea distinto de sí, y por lo tanto no hay nada que pueda amar.

El porno es expresión exacta del narcisismo típico de nuestra época, que es el correspondiente a una “sociedad del rendimiento”. Antes, la palabra mágica era “deber”: estábamos constreñidos por lo que teníamos que hacer, obligaciones morales cargadas de prohibiciones; hoy, dice Han, estamos obligados a “poder”, esto es, a rendir, a conseguir resultados, a llegar más allá. Esta actitud, que es muy evidente en lo laboral, es también constitutiva de nuestras relaciones afectivas. Según Han, el amor se positiva hoy como sexualidad, una operación que está sometida a su vez al dictado del rendimiento y donde el cuerpo equivale a una mercancía. Tenemos que rendir sexualmente hasta satisfacernos al máximo. En ese contexto, el deseo del otro es reemplazado por el confort de lo igual.

Las causas del desencanto

Insistir en el rendimiento no puede más que hacernos caer en la decepción, tan frecuente en la sociedad actual. Para Han, la principal causa del desencanto no es el aumento de las fantasías sino que las elevadas expectativas. Queremos rendir, disfrutar al máximo, con lo cual no es extraño que la realidad venga después revestida de un aire decepcionante. Pero eso no tiene nada que ver con la fantasía (“el porno, que en cierto modo lleva al máximo la información visual, destruye la fantasía erótica”), sino con la ausencia de una negatividad que nos obligue a salir de esa dinámica repetida. Sólo la aparición del Eros, que es la aparición del otro, rompe con esa tarea contable y mecánica. Sólo la existencia de un otro no instrumentalizable puede sacarnos de ahí, afirma Han.

Byung Chul Han.

Los males que aquejan al amor y al Eros no permanecen sólo en el terreno de los sentimientos y las experiencias sexuales, sino que tienen también su traducción en el ámbito del intelecto. Según Han, el pensamiento calculador, que es el que carece de esa resistencia que introduce la mera existencia del otro, se convierte en repetitivo y aditivo y nos conduce directamente hacia el final de la teoría.

Han cita a Chris Anderson, jefe de la revista Wired, y su afirmación de que el desarrollo de los datos masivos o big data hace superflua la teoría. La misma idea siguen el profesor de Oxford Viktor Mayer-Schöngerger y del editor de datos de The Economist Kennet Cukier (Big data, la revolución de los datos masivos, Ed. Turner) con la llegada de los datos masivos nos alejamos de la tradicional búsqueda de la causalidad.

El fin de la teoría

Como seres humanos hemos sido condicionados para entender el mundo a través de los porqués, y a tratar de gestionarlo desde ese conocimiento causal. En un mundo de datos masivos ya no nos es necesario, sino que podemos actuar a través de algo mucho más útil, como son las correlaciones. Se trata de medir las distintas variables relacionadas en un fenómeno y poner los datos en común. De ese modo, y a través de los mecanismos analíticos digitales, descubriremos qué es lo que pasa aunque no sepamos por qué. “Las correlaciones no nos dicen la causa de lo que ocurre, pero sí nos alertan de que algo pasa”, aseguran Mayer y Cukier.

Imaginemos que podemos medir los datos de los días previos de las ciudades que sufrieron un terremoto. Hasta la fecha, lo que tratábamos de hacer era entender qué ocurría, buscar una explicación a partir de la cual comprender el fenómeno y prevenir futuras desgracias. Ahora no: simplemente debemos cruzar los datos disponibles, pulsar enter, y esperar que la máquina nos ofrezca correlaciones. Si hay variables que se repiten en todos los casos, sabremos ya que algo está ocurriendo aunque no lo entendamos. Algunas de ellas pueden tener sentido, otras no, pero nos da igual. Si en todas las ciudades el gasto energético estaba en un pico alto o si era la misma hora del día o si sus alcantarillas estaban llenas, no entraremos a valorar por qué ocurre eso, sólo tendremos en cuenta que eso ocurrió cuando se produjo la catástrofe.

Para Han esto es un error porque “no hay un pensamiento llevado por los datos. La ciencia positiva, basada en ellos, que se agota con la igualación y la comparación, pone fin a la teoría en modo amplio… La ciencia positiva, guiada por los datos, no produce ningún conocimiento o verdad”. Para Han, lo que nos ofrecen son informaciones, pero eso no supone ningún conocimiento en sí mismo, porque éstas no cambian ni anuncian nada y por lo tanto carecen de consecuencias. Sin embargo, “el conocimiento, cuando le precede una experiencia, puede conmover hondamente lo que ha sido en conjunto y hacer que comience por algo diferente”. Los datos no nos sacan del “infierno de lo igual”, necesitamos de la teoría y del pensamiento para eso.

 

Entre la seducción y la angustia: Kierkegaard, Nietzsche y Jordan Peterson sobre vida.

¿SON SÓLO DOS LAS OPCIONES DE VIDA PARA EL SER HUMANO? ¿LA SEDUCCIÓN O LA ANGUSTIA?¿ES POSIBLE SER FELIZ?

No importa qué, el ser humano es capaz de convertir casi cualquier cosa en distractor de su propia angustia y en máscara de su malestar. Religión, política, arte, sustancias como el alcohol o las drogas, banalidades como las que circulan a cada instante en la televisión y ahora en las redes sociales, seducción en todas sus formas, tanto trabajo como pueda soportar, la “ciencia” y el “conocimiento”… Y es capaz también de entretenerse así toda su vida, en espera de que le llegue su hora.

Pero por alguna razón encuentra sumamente difícil parar por un momento y mirar esa angustia de frente e interrogar su malestar, preguntarse de dónde vienen o por qué se han asentado en su vida y si acaso podría vivir de otro modo. Pareciera que el ser humano prefiere perder su tiempo así, en eso, que “perder” algunos minutos de su día no para conocerse a sí mismo, porque eso también puede convertirse en un entretenimiento, sino para vivir realmente, tomar conciencia plena de la vida, experimentar este flujo imparable que llama vivir y preguntarse al instante siguiente si eso que sintió, si eso que percibió es la experiencia que desea.

A eso se refiere Kierkegaard: la vida no es un problema que deba resolverse, es una realidad que necesita experimentarse.

A eso se refiere Nietzsche: si esta noche un demonio llegara a tu habitación y te revelara de pronto que todo lo que has vivido hasta ese instante lo volverás a vivir una y otra vez, por los siglos de los siglos, ¿qué pensarías?. Tu vida, tal y como la has vivido y conducido hasta el momento, ¿soportaría esta condena del eterno retorno de lo mismo? ¿La soportaría a tal grado que escucharías el dictado del demonio no como una condena, sino sólo como una nueva circunstancia de tu existencia que enfrentarías incluso con cierta alegría?

Hasta ahora, ¿puedes decir que has vivido realmente?. La hora que acaba de transcurrir, la mañana de este día, la semana pasada, el mes que terminó, los últimos 5 o 10 años… ¿puedes decir que has aprovechado plenamente tu vida?. Tu vida. No la vida de tus padres o de alguien más en tu familia, no la vida del capitalismo, no la vida del patriarcado, no la vida del país o la época o la cultura en que naciste. Tu vida. ¿Qué experiencia te devuelve tu propia vida?.

El ser humano debe tomar conciencia de la vida y vivir, o tomar conciencia de la muerte y vivir. Todo estado intermedio es estar muerto en vida.

BUSCAR LA FELICIDAD TE HACE INFELIZ

Las penas, el sufrimiento y la soledad son los grandes constructores de carácter. El ser humano nunca es realmente grande hasta que su corazón se rompe. -Manly P. Hall

Es un dicho budista que buscar la felicidad es la causa de la infelicidad. Para los budistas el andar por el mundo deseando, persiguiendo sensaciones de placer o incluso aferrándonos a aquellas cosas que creemos nos hacen felices -como una pareja, dinero, éxito, etc.- asegura que sufriremos, porque todas estas cosas son impermanentes y, al cambiar, harán que lo que hoy nos hace feliz y da placer mañana nos produzca dolor. Nuestra felicidad hoy es la semilla de nuestro sufrimiento mañana.

Pensadores existencialistas, por otro lado, nos dirían que la vida es trágica. La condición del hombre en el mundo -la muerte, la enfermedad, la soledad y demás- nos colocan en una situación de estar arrojados, de alguna manera caídos (sin necesariamente recurrir a la connotación religiosa). No es de asombrarnos que el hombre y la mujer sufran, se encuentran en condiciones sumamente precarias en el mundo, aunque, al menos, puedan adquirir cierto grado de libertad (especialmente en la medida en la que se hacen responsables de sí mismo).

A esto hay que sumarle la presión moderna por ser feliz, por ser productivo y exitoso, como un imperativo categórico social que está evidentemente ligado al paradigma económico de crecimiento permanente. Uno debe de hacer algo -que muchas veces requiere consumir- para lograr sacudirse y alcanzar la felicidad que el cine, la publicidad y en general la sociedad nos dice es nuestro derecho básico (pero que parece nuestra obligación, si es que queremos ser aceptados).

Si esta es la situación en la que se encuentra el hombre, ¿qué hacer para no sumirse en la más profunda desesperanza o en el nihilismo? Para el budismo, existe un camino para trascender el sufrimiento que tiene que ver con el entrenamiento de la mente, con el desapego y con alcanzar una sabiduría contemplativa que es capaz de liberarse de todo lo condicionado -extinguiendo el deseo que hace que dé vueltas la rueda del samsara, como publiqué en artículos previos. Ya que la ignorancia es la raíz del sufrimiento, es la sabiduría lo que libera. No ahondaremos en esto en esta ocasión. ya lo hemos hecho en otros artículos sobre el budismo y en la sección de filosofía de esta misma web. Quizás más cercana a la mentalidad occidental es la asunción heroica de la vida trágica, algo que pensadores como Nietzsche o Dostoyevski han defendido -y que, como veremos, no difiere en fondo sino en método-, pero que tenemos en el Dr. Jordan Peterson una versión actualizada, que sintetiza y extrae las ideas relevantes de estos autores para una sociedad cada vez menos letrada. La vida es trágica, ser feliz es algo así como una utopía (especialmente si se porfía en serlo), pero la vida tiene sentido.

Dostoyevski en sus notas sobre su novela Crimen y Castigo escribió: “el hombre no nace para la felicidad. El hombre se gana la felicidad, y esto siempre a través del sufrimiento”. No se trata de un sufrimiento absurdo o masoquista, sino de un sufrimiento que es aceptado -porque es la realidad de la existencia- y llevado con dignidad, bajo el entendido de que tiene sentido. Tiene sentido porque se acepta una carga en función de un fin que es más alto que los propios deseos personales. Esto es en gran medida lo que hacen el amor, la compasión y la fe. Nuestros actos tienen sentido porque pueden ayudar a los demás y combatir el mal, la ignorancia e incluso el sufrimiento que existe en el mundo. No se trata de buscar la felicidad, tal cosa es endeble, se trata de encontrar el significado -y esto es la mejor forma, al final de cuentas, de acercarse lo más posible a la felicidad y hacer felices a los demás. Kierkegaard tiene un entendimiento que me parece útil y hermoso en este sentido. La vida se vuelve significativa cuando el individuo se eleva a lo universal, supeditando sus deseos a la ley moral, que representa el propósito de su existencia.

Jordan Peterson explica por qué buscar la felicidad es un mal negocio para ti del que muchos se aprovecharán:

Está bien creer que el sentido de la vida es ser felices, pero ¿qué ocurre cuando eres infeliz? La felicidad es un gran efecto secundario. Cuando llega, acéptala con gratitud. Pero es pasajera e impredecible. No es una meta que uno debe de tener -porque no es una meta. Y si la felicidad es el propósito de la vida, ¿qué pasa cuando eres infeliz? Eres un fracaso. Y quizás incluso un fracaso suicida. La felicidad es como un dulce de algodón. Simplemente no va a lograr el cometido.

Peterson cree que lo que se debe de buscar es significado en la vida, lo cual significa también tomar responsabilidades. Vivir una vida lo más posiblemente alineada con aquello que creemos es verdadero y bueno. Esa, por otro lado, sí puede ser una meta: decir la verdad e intentar hacer el máximo bien. Para hacer esto es fundamental dejar de hacer esas cosas que sabemos lastiman nuestro espíritu y hacer aquellas que sabemos nos harán bien pero que nos cuestan trabajo, que nos dan miedo. Como sugiere Nietzsche, la moralidad en una persona que no tiene cierto poder -de actuar, de amar, de destruir el mal- es un disfraz en el que se oculta la cobardía. Peterson sugiere, con Jung, que debemos de enfrentar e integrar nuestra sombra, ir hacia las profundidades donde se ocultan nuestros miedos y traumas, que son también las cuevas donde yacen los tesoros.

Por otro lado, Peterson cree que el significado (meaning) está embebido en la profundidad de la existencia, no sólo psicológica sino biológica. “Es el más profundo de los instintos más altos”, dice. El cuerpo responde al significado, por ello cuando encuentra propósito y significado puede afrontar el estrés sin colapsarse -como sugieren la observaciones en los campos de concentración de Viktor Frankl y el trabajo más reciente de científicos que correlacionan la eudaimonía con la salud. El estrés cambia de significado cuando se acepta como un desafío voluntario y no como una condena; y con sólo ese cambio de significado el cuerpo genera diferentes hormonas y neurotransmisores ante una situación, a tal punto que un estrés significativo no suele mermar el sistema inmune. Cuando encuentras significado en lo que haces dejas de pensar en lo miserable que es la vida (¡tan siquiera porque eres capaz de concentrarte!), e incluso si estás enfermo sigues haciendo lo que crees que debes hacer sin que te afecte demasiado. Es como un estado de armonía, flow o sincronicidad, que mejor puede compararse a la música: la música puede ser triste o alegre y demás, pero nos comunica de todas maneras un orden, una armonía, una estructura basada en ciertos principios. El significado se siente en el cuerpo como un modo de existencia auténtica y la autenticidad -como un traje que nos queda a la medida, y que no oculta sino revela- nos hace más nosotros, más fuertes y más libres -hay una intuición que existe en todas las culturas: que la verdad libera. El significado o sentido existencial es de hecho una alineación con el Logos de los antiguos griegos, ese principio de inteligencia y orden en el cosmos. Cristo, Buda, pero incluso Sócrates y hasta Harry Potter  pueden verse como arquetipos de una misma figura con la que se llama al ser humano a “cargar la cruz”, a dar la vida por la verdad, a ser el héroe de la propia experiencia arrojada en el mundo, y cumplir su propósito: crear armonía en el mundo, balance entre el orden y el caos, ayudar a que la humanidad pueda evolucionar hacia un destino más noble.

La búsqueda de “la verdad” es peligrosa porque podemos engañarnos fácilmente -y lo hacemos todo el tiempo- y podemos cometer atrocidades desde el engaño, pero no correr el riesgo de buscar la verdad y vivir conforme a lo que creemos es verdad es mucho más peligroso, porque lo que está en juego es la libertad, no la libertad de poder hacer lo que queramos, sino de liberarnos “del mal”, de la ignorancia y quizás algún día del sufrimiento. Por otro lado, si la verdad no existe, como pensamos algunos filósofos posmodernos, y más aún si no se apuesta por la verdad, entonces el mundo no tiene sentido. No buscar la felicidad, buscar la verdad -algo esencialmente heroico e incómodo- eso es lo que Peterson propone y en gran medida explica la enorme popularidad que está cosechando su pensamiento, porque en la era de la posverdad -algo que coincide con el Kali-Yuga o la era de la no-verdad o ignorancia en la que estamos según el hinduismo, y con el vacío que deja la “Muerte de Dios” – hay una carencia marcada de esto, de verdad, de sentido, de espiritualidad. Para Jung el hombre moderno era esencialmente un hombre en busca de un alma, con sólo la verdad como arma, así camina alto por el mundo.

 

 

¿Qué papel puede cumplir la mujer en la sociedad del futuro?

Conclusiones sobre “El primer sexo” (1999)  de Helen Fisher.

  En 1949, la filósofa Simone de Beauvoir escribió su célebre ensayo “El segundo sexo”. La psicóloga Helen Fisher escribió el suyo medio siglo más tarde, no tanto para refutarlo, sino para intentar entroncar sus propias teorías sobre el papel de la mujer en el siglo XXI que estaba a punto de empezar con las tendencias feministas de mediados del siglo XX.

Para empezar, ¿cómo ve Helen Fisher la obra de la señora Beauvoir?

En su opinión, la mujer es exclusivamente producto de fuerzas económicas y sociales. Como ella dijera, «no naces, sino que más bien te haces, mujer».   Los tiempos han cambiado desde que Beauvoir escribió estas palabras.

Simone de Beauvoir era una mujer intelectual de su época: marxista y freudiana. Helen Fisher ha vivido en una época posterior y por eso no puede repetir errores demasiado evidentes. En contra de cierto feminismo residual que aún subsiste, tiene que admitir que los hombres y las mujeres no nacen iguales a nivel psicológico.

Un gran número de personas, especialmente los intelectuales y la academia, están convencidos de que ambos sexos son prácticamente iguales. Prefieren ignorar la creciente bibliografía que demuestra científicamente la existencia de diferencias genéricas heredadas y mantienen en su lugar que hombres y mujeres nacen como hojas en blanco

Los sexos no son iguales. Cada uno tiene ciertas dotes naturales. 

¿El título de “El primer sexo” se refiere a que la autora considera que la mujer ya ocupa o ha de ocupar muy pronto el puesto predominante en una sociedad de desigualdad? No es eso.

Los científicos se refieren con frecuencia a la mujer como el «plan por defecto». Yo entiendo estos datos de otra manera. La «mujer» es el sexo primario: el primer sexo. Hay que añadir sustancias químicas para que se forme un hombre.

Biológicamente es así. El feto que en el principio todos somos aparece primero como el embrión de una mujer. Por lo tanto, en ese sentido se puede decir que es “el primer sexo”, y esto no tiene que molestar a nadie.

Pero, además, la señora Fisher estima que las mujeres van a contar, en el siglo XXI, con un papel social mucho más relevante que el ya de por sí destacado que estaban cumpliendo en las sociedades avanzadas de finales del siglo XX, cuando escribe su libro.

Las actuales tendencias en los negocios, comunicaciones, educación, derecho, medicina, gobierno y el sector sin ánimo de lucro, lo que se llama la sociedad civil, indican que el mundo del mañana va a necesitar del espíritu femenino.

El estilo femenino de gestión se basa en compartir el poder, en incluir, consultar, consensuar y colaborar. Las mujeres trabajan de forma interactiva e intercambian información más espontáneamente que los hombres. Las directoras de empresa alientan a sus empleados escuchándoles, apoyándoles y animándoles. Las mujeres ofrecen más elogios y éstos tienen más valor para ellas.

Muy pronto nos damos cuenta de que las cualidades que valora la muy norteamericana señora Fisher tienen que ver con la gestión de empresas de economía no productiva.

Llevaron a cabo una investigación sobre los valores y las prácticas profesionales de los ejecutivos masculinos y femeninos de Estados Unidos. Los hombres (…) tienden a analizar las cuestiones por partes diferenciadas, como pueden ser hechos, puntos, tareas, unidades y otros segmentos concretos. A menudo ven la empresa como un conjunto de tareas, máquinas, pagos y puestos de trabajo; una serie de elementos dispares. Las ejecutivas ven la empresa como un todo más integrado con aspectos múltiples.   

¿Es la actividad ejecutiva en las grandes corporaciones la actividad social inteligente por antonomasia? Esto parece que nos limitaría un poco la visión del futuro, tanto de la mujer como de la sociedad humana en su conjunto.

Y resulta bastante contradictorio, porque Fisher determina que el rol de la mujer se habría visto relegado a la subordinación debido al cambio de modelo productivo. En esto sí sigue a Simone de Beauvoir.

Beauvoir creía que hubo un tiempo ancestral en el que hombres y mujeres poseían un estatus semejante, que esta paridad económica y social se disolvió con la aparición de la agricultura, hace unos diez mil años, y que llegaría el día en que las fuerzas económicas permitirían a las mujeres librarse de su condición de «segundo sexo». Esto está sucediendo: la mujer en las sociedades industrializadas de hoy en día está reivindicando el poder económico y el prestigio social de los que gozaba hace un millón de años.

Así pues, volveríamos a una situación parecida -supuestamente- a la anterior, a un formidable cambio económico (aparición de la agricultura). ¿Eso quiere decir que el cambio que se está experimentando actualmente en la economía de las sociedades industrializadas es comparable al de pasar de cazador-recolector a agricultor sedentario? Parece algo muy exagerado…

De hecho, aquello de lo que Helen Fisher nos informa acerca de la diferencia en la gestión económica masculina y femenina tiene que ver con ciertos detalles de organización.

Existen a mi juicio sutiles diferencias en la manera en que hombres y mujeres, por término medio, organizan su pensamiento, variaciones éstas que parecen surgir de diferencias en la estructura cerebral. (…) Las mujeres piensan de forma contextual, holística. Muestran también mayor flexibilidad mental, aplican juicios más intuitivos y más imaginativos y tienen una tendencia más marcada a hacer planes a largo plazo, aspectos todos ellos de esta perspectiva contextual.

Integran más detalles del mundo que les rodea, detalles que van desde los matices de la postura corporal hasta la posición de los objetos de una habitación (…) Cuando toman decisiones, calibran más variables, consideran más opciones y resultados, recuerdan más puntos de vista y ven mayor número de formas de proceder. Así, integran, generalizan y sintetizan. Y las mujeres, en general, toleran la ambigüedad mejor que los hombres, —probablemente porque pueden visualizar más factores en relación a cualquier asunto. (…) Las mujeres tienden a pensar en redes de factores interrelacionados, no en línea recta. He denominado este modo de pensar femenino «pensamiento en red».

Pero, de una manera u otra, lo que hacen estas mujeres de hoy es igualmente gestionar un determinado tipo de economía, no crean un sistema diferente. Aquí hay una contradicción, porque la agricultura también la podían haber gestionado las mujeres de forma supuestamente alternativa.

Las contradicciones de Helen Fisher son mucho peores que eso. Por un lado:

El sociólogo Martin King Whyte investigó 93 culturas de todo tipo —de cazadores-recolectores, de pastores y agrarias— y descubrió que en todas ellas los hombres detentaban la inmensa mayoría de las posiciones de autoridad. (…)No existen pruebas consistentes de que haya existido un matriarcado y, sin embargo, sí las hay en sentido contrario. (…)No existe evidencia alguna de que en ninguna cultura sobre la tierra haya habido en algún momento de la historia un predominio de las mujeres en los puestos de gobierno y de poder. El matriarcado —que la antropología define como aquella situación en la que la mujer como clase prevalece sobre el hombre como clase— es un mito.

Lo que desmiente la intuición de Simone de Beauvoir (aunque ella tiene la disculpa de no haber tenido a mano tantos datos en su época como la señora Fisher en la suya). Sin embargo, en este libro también se dice:

Antes de que la humanidad adoptara una forma de vida sedentaria y agrícola, las mujeres eran económica y socialmente poderosas. (…) Los antropólogos creen que las mujeres eran consideradas en términos generales como iguales del hombre.

Esto resulta difícil de creer porque la señora Fisher admite que la guerra no es la actividad más característica de la mujer, así que si los cazadores-recolectores estaban habituados a la guerra, es casi imposible que en su forma de vida las mujeres gozaran de igualdad.

Los hombres cometen el 87 por ciento de los delitos violentos que se cometen en Estados Unidos

En ninguna parte del mundo son las mujeres tan agresivas físicamente como los hombres. 

Luego llegamos a esto…

Se podría decir incluso que las mujeres son parcialmente responsables de la naturaleza beligerante de los hombres. Durante millones y millones de años de nuestra historia más remota, las hembras elegían a los machos más agresivos como padres de sus crías, favoreciendo así la selección del hombre guerrero. (…) Los hombres yanomamo que salen victoriosos del combate atraen a más mujeres y amantes clandestinas.(…) Durante millones de años, las mujeres han elegido a los hombres que podían protegerlas y atender a sus necesidades.

Más contradicción: por un lado, se admite un pasado guerrero de la humanidad ancestral (poco dado, por tanto, a que predomine el estilo de vida femenino) y luego se argumenta, de forma poco convincente, que si el hombre era guerrero era porque la preferencia de la mujer lo seleccionaba así. Pero ¿tiene sentido que la mujer, físicamente frágil y psicológicamente poco dotada para la lucha, tuviera el poder de seleccionar al guerrero? ¿No tiene mucho más sentido que el guerrero vencedor elegía y tomaba a la mujer que le apetecía sin que la preferencia de ésta contase gran cosa (a lo más, la mujer se vería psicológicamente coaccionada a acomodarse a la preferencia social por el más fuerte)?

Es más: el hombre elegiría, de entre las mujeres atractivas (las mejores madres, por selección natural), a la mujer más sumisa, la más fácil de controlar (ése es el interés y la prerrogativa del que elige), de modo que eso explicaría en parte por qué las mujeres son menos violentas que los hombres: el varón elegía la opción más cómoda, y la mujer no tenía muchas opciones de rechazar esta elección. De forma que cada vez más las mujeres sumisas eran seleccionadas y transmitían sus características hereditarias de tipo psicológico a sus hijas. Algún psicólogo evolutivo ha señalado que si los hombres violentos hubieran elegido también a mujeres violentas la civilización no hubiera avanzado mucho….

Los hombres son mucho más fuertes en «competitividad exterior», su disposición a quitar de en medio a los demás para lograr ventaja.

Helen Fisher, al tener la lucidez de reconocer las diferencias innatas de comportamiento entre hombres y mujeres, también habría debido reconocer que estas diferencias tuvieron su origen en la selección natural durante la prehistoria, y este asunto tiene implicaciones que van más allá de los roles sexuales.

El pensamiento a largo plazo habría sido un efecto de adaptación de las mujeres durante millones de años de historia profunda. La caza exigía al hombre que pensara en las costumbres de animales y aves, en los ciclos de la luna, en la posición de las estrellas, en las pautas de los vientos y las lluvias, en los lugares recorridos por las criaturas el año anterior y en dónde podrían dirigirse pasado un mes o un año. Incuestionablemente, los hombres tenían que pensar en hechos que iban a ocurrir dentro de meses o incluso años. Pero criar y educar niños exigía a la mujer prepararse para las necesidades que pudieran surgir pasados decenios enteros. 

Una vez más, admitir esta diferencia de roles entre hombres y mujeres en la prehistoria no apoya mucho la teoría de que entonces existía igualdad entre los géneros.

Más todavía:

La mayor capacidad de la mujer para percibir la tristeza y otras emociones faciales podría venir en parte de muchos siglos ser tratadas como seres inferiores por el hombre.

Si las mujeres han sido tratadas como seres inferiores por el hombre el tiempo suficiente como para que ello haya quedado inserto en su herencia genética (capacidad para percibir la tristeza y otras emociones faciales) eso también parece una demostración más de que la mujer prehistórica no elegía a los varones guerreros, sino que era elegida por ellos… como parece mucho más lógico.

Volviendo al mundo actual -en 1999-, en las sociedades más avanzadas, cuando Helen Fisher escribe su libro, la igualdad sí había llegado a consolidarse (fuese el que fuese el azaroso camino que llevara hasta allí). Sabemos que la selección natural hizo a hombres y mujeres diferentes, y sabemos que el desarrollo social asignó a la mujer un rol subordinado hasta épocas muy próximas a nuestro tiempo. ¿Qué papel puede cumplir la mujer en la sociedad del futuro?

El impulso biológico del hombre hacia la jerarquía le ha ayudado a llegar a la cima de las empresas jerárquicas tradicionales, mientras que el deseo femenino de relacionarse —particularmente con sus pequeños— ha inhibido su ascenso a los niveles más altos.

La mujer, por término medio, está más interesada en la cooperación, la armonía y la conexión: en una red de apoyo; se entiende a sí misma dentro de una red de amistades; hace contactos laterales con los demás, y forma camarillas. Después se esfuerza para mantener intactos estos lazos. La mujer puede ser resuelta y astuta a la hora de trepar la escala social o corporativa, pero cuando alcanza posiciones altas es más frecuente que reste importancia a su autoridad. Pocas mujeres están interesadas en el poder por el poder en sí.

Dentro de una visión social centrada en la gestión competitiva de corporaciones, la visión de Helen Fisher resulta contradictoria una vez más. Primero tenemos que la mujer no está interesada ni en la autoridad ni en la jerarquía, por lo que resulta poco creíble que se interese por la competitividad (sobre todo si se subraya su preferencia por la cooperación, la armonía y la conexión), pero es que luego tenemos, en este libro, un comentario muy ingenioso acerca de las mujeres menopáusicas…

Con la menopausia, descienden los niveles de estrógeno, dejando al descubierto los niveles naturales de andrógenos y otras hormonas sexuales masculinas del organismo femenino. Los andrógenos son potentes sustancias químicas generalmente asociadas con la autoridad y el rango en muchas especies de mamíferos, entre ellas la humana. A medida que la marea de mujeres de la generación del baby boom llegue a la madurez, se encontrarán equipadas —no sólo económica y mentalmente sino también hormonalmente— para efectuar cambios sustanciales en el mundo.   «Semejante masa crítica de mujeres maduras con una tradición de rebeldía e independencia y medios propios para ganarse la vida no ha existido nunca antes en la historia»

Lo que nos está diciendo con esto la señora Fisher es que las mujeres están más capacitadas para integrarse “en el mundo” a medida que haya más mujeres que, por alcanzar mayor edad (vejez), pierdan ciertos condicionamientos biológicos de la conducta… que son los que las hacen precisamente más femeninas… (También los varones pierden con los años, debido a cambios biológicos, algunas de sus cualidades más propiamente masculinas… pero eso no los beneficia en nada el escalar a puestos de poder…)

Es decir,… el mundo será para la mujer… cuando por envejecimiento pierda biológicamente una parte sustancial de su propia condición de mujer. O sea: mientras menos mujer sea la mujer, mejor para la mujer….

Está emergiendo una edad de «superintendencia», porque las corporaciones están dejando de ser estructuras jerárquicas donde mandan los jefes desde la altura para convertirse en redes conectadas lateralmente donde los directivos fomentan la acción en equipo, las relaciones igualitarias, el consenso y la flexibilidad. Aunque tanto hombres como mujeres poseen sin duda todas estas características, esta manera de pensar y comportarse es más propia de la mujer.

Esto estaría bien… siempre y cuando las mujeres conserven sus características de comportamiento propio (lo que siempre se daría en menor grado en las menopáusicas). Y esto estaría bien porque supondría una forma radicalmente diferente de gestionar los asuntos económicos (y los demás asuntos propios de la vida en sociedad). La competitividad y la codicia no parecen muy vinculadas a la acción en equipo, las relaciones igualitarias, el consenso y la flexibilidad. Si las mujeres deben “trepar”, y las mujeres deben aprovechar para ello la pérdida sensible de su propia feminidad que implica la menopausia, esto no casa mucho tampoco con fomentar la igualdad, el consenso y la flexibilidad.

Las contradicciones de Helen Fisher se hacen inevitables porque se trata de una autora muy vinculada a las costumbres de su medio social y por ello su punto de vista es un tanto convencional. Está bien que la mujer presuma de ser diferente pero no tiene mucho sentido que su especificidad se limite a matizar apenas el modelo social masculino. Tendría más sentido que Helen Fisher reconociera que el ascenso de las menopáusicas es un síntoma de que la sociedad jerárquica masculina solo acepta excepcionalmente las pautas de comportamiento propiamente femeninas.

También sería más coherente considerar que las características propias de la feminidad (que son básicamente las de la maternidad) tendrían que dar lugar a nuevas formas sociales alternativas donde la competitividad, la jerarquía y el autoritarismo irían desapareciendo gradualmente. Éste es un viejo sueño que hasta ahora se ha pretendido basar en cambios de estructuras sociales (políticos) cuando debería haberse basado en cambios culturales (no políticos, es decir, no relacionados con el poder coercitivo) a partir de cambios de comportamiento. Las distinciones entre comportamiento masculino y femenino podrían darnos una pista a ese respecto.

Muchas mujeres actuales parecen resueltas a negar que la mujer sea emocionalmente expresiva y afectiva, que la ternura de la mujer surja de la naturaleza o que la mujer esté predispuesta a aplicar su empatía a sus congéneres en general. Estas escépticas parecen creer que si reconocen estos atributos femeninos estarán caracterizando a las mujeres como seres emocionalmente frágiles, no lo bastante duras para trabajos difíciles. (…) Expresar interés y compasión (…) estas dotes son naturales en la mayoría de las mujeres

Y ojalá que esas características sean también las más naturales en una sociedad futura. Aunque difícilmente iba entonces a parecerse mucho a la de hoy, ni mucho menos a la de 1999. Y el mundo de los ejecutivos -cualesquiera que sea su estilo de gestión- no tendría mucho que ver con ese futuro mejor.

Amor y sexualidad también tienen su lugar en este libro, y un análisis inteligente y bien informado lleva asimismo a plantear alternativas rupturistas.

En un principio, el planteamiento de este libro parece, de nuevo, bastante convencional:

Creo que la tendencia a establecer un fuerte vínculo con un compañero o compañera —una inclinación que está generalmente institucionalizada en el matrimonio— es una apetencia biológica profundamente alojada en el cerebro de ambos sexos.

La atracción erótica es un simple antojo, el amor romántico es una locura eufórica. La relación amorosa basada en la fuerza del cariño es una elaborada unión con otro ser humano.

Pero, independientemente de si el registro histórico y la antropología justifican el juicio de que algo por el estilo del matrimonio sea una apetencia biológica profundamente alojada en el cerebro de ambos sexos, cuando Helen Fisher tiene que recurrir a los descubrimientos de la psicología social y experimental en materia de sexualidad, no le queda más remedio que admitir unas cuantas cosas no muy compatibles con la unión amorosa convencional.

Unos dos tercios de mujeres heterosexuales se sienten sexualmente atraídas por otras mujeres

Las lesbianas buscan con más frecuencia relaciones estables basadas en la fidelidad

Todo esto parece muy relacionado con la “plasticidad erótica femenina” (o “flexibilidad”, como lo llama Fisher en otra parte de su libro) y no tanto con el amor convencional de la sociedad convencional. La mención a relaciones estables basadas en la fidelidad queda relacionada de forma contradictoria con la elaborada unión con otro ser humano en referencia al matrimonio convencional, puesto que se dice que las lesbianas serían más propensas a la fidelidad y la estabilidad que las personas heterosexuales. Tiene mucho sentido que se aspire a uniones estables, pero no parece muy probable que el escenario de tensiones propias de la relación entre individuos tan diferentes como hombres y mujeres sea el modelo más idóneo para ese tipo de uniones. Sobre todo si se considera que
la sexualidad femenina es más flexible que la masculina y, por consiguiente, las mujeres son más proclives a la bisexualidad.

Aunque, puesto que nadie puede negar que muchas mujeres sienten un interés sexual genuino por el varón (¿no lo sienten también los varones homosexuales?), es preciso averiguar todo lo posible acerca de esta tendencia.

Las mujeres fantasean más regularmente con la idea de someterse a su pareja.(…) Los psicólogos nos dicen que las mujeres adoptan estas fantasías de sumisión y desamparo para no sentirse culpables de su deseo sexual o para quitarse de la responsabilidad de iniciar el coito. Pero estas ensoñaciones de rendición y entrega podrían originarse en ciertas partes primitivas del cerebro femenino, porque la rendición sexual femenina es extremadamente común en el reino animal.

El amor romántico de pareja, el matrimonio convencional podría no ser más que una forma pasajera de que la mujer, el sexo más cooperativo y menos conflictivo, exprese su deseo amoroso, siempre dependiendo de la variación del deseo masculino a lo largo del desarrollo cultural (la aparición del amor, más allá del mero deseo, del hombre por la mujer no parece tener mucho más de dos mil años). Solo hace muy poco que las mujeres han sido libres y en consecuencia nos encontramos en una situación sin precedentes (recuérdese, de paso, que las mujeres no han conquistado su libertad, sino que ésta les ha sido concedida por la gradual propagación de una cultura masculina más benévola).

Es sintomático que Helen Fisher, para intentar justificar el matrimonio convencional incluso en una sociedad de mujeres libres, minimice los desastrosos porcentajes de divorcios en las sociedades actuales -del 70 % ya- al mostrarlos no tanto como un fracaso sino como una innovación: “la monogamia consecutiva”

Al desaparecer las limitaciones que imponía la sociedad agraria, ambos sexos están recuperando un antiguo modo de vida: la monogamia consecutiva, con todas sus penas y sus promesas.

Llegué a la conclusión de que la propensión humana a abandonar al cónyuge en torno al cuarto año de matrimonio tiene su origen en nuestros primeros ancestros.(…) Empezaron a formar vínculos que duraban lo que el periodo de lactancia de una única criatura, unos cuatro años. Una vez que el joven vástago había sido destetado y era capaz de unirse a otros niños, sus hermanos mayores, tías, abuelas y otros miembros de la banda se hacían cargo de parte de su cuidado. De modo que si una pareja no engendraba un segundo hijo, sus miembros eran libres de separarse, encontrar nuevas parejas y volver a reproducirse, creando así una saludable variedad genética en sus linajes.(…) La llamada «crisis de los cuatro años» podría no ser sino un vestigio de una ancestral estación de la cría humana.

Sin embargo, el “amor” parece algo bastante más importante que una limitada vinculación conyugal. El amor es un sentimiento constructivo de confianza y afecto, y es lógico que los seres humanos -y particularmente las mujeres- aspiren a vinculaciones afectivas duraderas y fiables. El matrimonio que acaba en divorcio siempre será un desastre puesto que parte de presupuestos tan elevados. ¿Quién va a ilusionarse con contraer el primero de su serie de “matrimonios consecutivos”?

Por eso, es mucho más interesante lo que se escribe a propósito de la familia:

En Estados Unidos, las madres, hijas, hermanas y abuelas establecen y mantienen los lazos sociales y afectivos entre los parientes. Pero no olvidemos un dato clave: estas mujeres favorecen a los parientes maternos. (…) A medida que envejecen, las mujeres intensifican su relación con su familia materna. (…) Incluso la independiente mujer contemporánea fomenta estos lazos con su familia materna.

Las mujeres están creando nuevos tipos de familia (…)  «parientes psicológicos» y «familias intencionales». Estas son familias de elección. Ya sean vecinos, colegas o amigos, los parientes psicológicos celebran juntos las fiestas más destacadas, se llevan comida unos a otros cuando están enfermos, se encargan los unos de los animales de los otros cuando se van de viaje o de vacaciones y recogen a los niños del colegio. También se reúnen regularmente para comer o en los cumpleaños y bodas.

Está apareciendo actualmente otra antigua forma familiar: los hogares con una mujer al frente. Durante siglos, la familia patriarcal con un hombre a la cabeza dominó en todas las sociedades agrarias. Pero con la creciente presencia de la mujer en la población activa, las altas tasas de divorcio y una miríada de otras fuerzas sociales están surgiendo más y más hogares con una mujer a la cabeza de la familia.

Familias de madres sin marido, apoyadas por sus hermanas, madres, abuelas o primas, integradas además en familias intencionales… y cierta plasticidad erótica dentro de una sociedad menos competitiva, violenta y jerárquica… Esto sí parece imaginativo, incluso prometedor… pero no muy convencional.

¿Entiendes bien lo que es el Samsara?

Una sencilla y bien ilustrada explicación del Samsara realizada por el British Museum

El samsara es un concepto que proviene de las religiones nacidas en la India y refiere a una forma de existencia cíclica ligada a la muerte, el renacimiento y el sufrimiento. El término puede traducirse como “vagar” o “dar vueltas” y es considerado como lo que define a la existencia compuesta en el budismo, a diferencia del nirvana, por ejemplo, que está libre de condiciones. El Buda explicó en su primera noble verdad que el mundo es sufrimiento; más precisamente, el samsara es sufrimiento, ya que existe un modo de existencia basado en la sabiduría que trasciende el sufrimiento. El origen del samsara y su perpetuación, tanto en el hinduismo y en el jainismo como en el budismo, es la ignorancia o el no reconocer la realidad. Así que el samsara es un laberinto que es a la vez también una casa de espejos o un castillo de ilusiones. Y es aquello de lo cual debemos despertar.

El British Museum, como parte de su exposición Living with the Gods, ha realizado una hermosa animación de uno de los mandalas más conocidos, llamado “rueda de la vida” o también “bhavachakra”, una imagen didáctica que es utilizada por el budismo tibetano. El mandala muestra el mundo cíclico o samsara y sus seis tipos de existencias: los seres infernales, los fantasmas hambrientos, los animales, los hombres, los dioses celosos (asuras) y los dioses. Todos porfiando en su existencia, la cual está siendo devorada como si fuera un pastel por un demonio, que a veces se interpreta que es Mara o a veces Yama (la Muerte); de cualquier manera, este demonio o monstruo significa la impermanencia, que es la ley que domina el samsara y que al no ser comprendida produce fatuos esfuerzos y sufrimiento debido al apego.

En el centro del mandala, lo que mantiene corriendo el samsara, aparecen tres animales que representan los tres venenos de la mente. El cerdo simboliza la ignorancia, el gallo o ave la ambición y la serpiente el enojo. Son estas emociones y sus derivados -creando también una cadena de interdependencia o “nidana” que se muestra en las capas exteriores- lo que nos mantiene corriendo en círculos, de encarnación en encarnación, en un desolador laberinto que puede durar infinitamente si no madura la sabiduría en nosotros.

El budismo enseña que la posición intermedia del hombre es en realidad privilegiada. Los dioses viven absortos en dimensiones de placer puro sin motivación para practicar el dharma y realmente salir de la ilusión; en los reinos inferiores, el dolor consume sin descanso la mente. El ser humano existe entre la justa mezcla de dolor y placer, con las capacidades para notar que a menos de que haga algo -de que practique dharma- seguirá atrapado en el bucle del samsara. El Buda yace fuera de este juego, habiendo él mismo encontrado la salida del laberinto en el despertar de la conciencia -en una región inefable, apuntando a la luna de la iluminación-.

Fuente: pijamasurf.com/2018/01/entiendes_bien_lo_que_es_el_samsara

8 grandes preguntas filosóficas que ¿Nunca resolveremos?. (8 great philosophical questions that we’ll never solve)

La mente humana, imperfecta como es, ha sido capaz sin embargo de generar callejones sin salida del pensamiento, proposiciones de índole metafísica que parecen encontrarse en las fronteras de nuestras capacidades intelectuales (a pesar de que, paradójicamente, por estas mismas llegamos a ellas).A continuación 8 de estos supuestos muros que, quizá, en el fondo no sean más que trampas de nuestra abstracción, de la forma en que histórica pero acaso inevitablemente construimos nuestras maneras de pensar.

1. ¿Por qué hay algo en vez de nada?

Parece justo que la existencia sea el primero de estos grandes enigmas. ¿Por qué algo existe cuando parece perfectamente posible que la nada fuera la norma? ¿Qué impulso secreto del universo físico fue el decisivo para que la nada se convirtiera en algo?

2. ¿Nuestro universo es real?

Una de las preguntas más recurrentes del pensamiento humano: la constante duda sobre la realidad de este mundo. De los textos sagrados del hinduismo a Jean Baudrillard, parece que no hay recurso mental que nos permita discernir la realidad real de nuestra realidad (así de redundante y tautológico puede ser nuestro pensamiento). Y aunque, en cierto momento de su desarrollo intelectual, Wittgenstein aseguró que en el dolor podría encontrarse el fundamento de la realidad, la cuestión permanece abierta. Por más compleja que sea la noción de dolor, por más subjetiva y personalísima, ¿no podría una inteligencia superior que nos mantenga en este mundo simulado simular también, con todo detalle, esas sensaciones?

3. ¿Tenemos libre albedrío?

“L’homme est né libre, et partout il est dans les fers”, escribió famosamente Rousseau: “El hombre nace libre, pero encadenado por todos lados”. La paradoja de la libertad es que, aunque una condición supuestamente posible, se da en un contexto contingente en el que una multitud de factores la condicionan. A veces pensamos que cuando tomamos una decisión plenamente conscientes, considerando sus causas y sus consecuencias, los motivos por los cuales la tomamos, esa decisión es ya por eso una decisión libre. ¿Pero esto es cierto? ¿O solo es un autoengaño de quienes ansían desesperadamente creer en libertad? ¿Son los otros, los que piensan que la libertad es absolutamente imposible, quienes tienen la razón en este dilema?

4. ¿Dios existe?

Una entidad omnisciente y todopoderosa gobierna este mundo, desde su creación hasta su destrucción, compensando y retribuyendo, castigando, o manteniéndose al margen pero igualmente con un plan secreto que de cualquier forma terminará por cumplirse. Una entidad metahumana que da orden y sentido a lo que vemos y vivimos, a lo que existe, incluso cuando este orden toma la forma del caos y lo incomprensible. Una vez imaginado, ¿es posible demostrar su existencia o su inexistencia? Y una paradoja lógica para incrementar el impasse: ¿puede Dios crear una piedra tan pesada que ni siquiera él mismo pueda cargarla? Si no puede entonces no es omnipotente, pero si puede entonces tampoco es omnipotente, porque no tiene la fuerza de cargarla. Esta reducción al absurdo nos muestra en todo caso que no es con el lenguaje humano o con la razón que se puede aprehender a Dios.

5. ¿Hay vida después de la muerte?

Es muy posible que el miedo a la muerte, o el hecho de que no entendamos su significado, haya dado origen a la creencia de que la vida no termina con esta.

Quizá, en este caso, antes que responder si hay vida o no después de la muerte (una vida que, además, imaginamos esencialmente idéntica a la que ahora tenemos), tendríamos que responder en primer lugar por qué debemos morir.

La ciencia moderna considera  a la muerte como un agujero negro, un horizonte de sucesos del cual nada se puede decir, ninguna información extraer, ya que nadie ha regresado de este estado. El budismo tibetano por otra parte considera que todos hemos regersado de la muerte, en ese ciclo kármico de la existencia, e incluso ha diseñado un manual para escapar de la reencarnación.

6. ¿Hay algo que en realidad se pueda experimentar objetivamente?

La dualidad entre objeto y sujeto es uno de los pilares del pensamiento humano, al parecer heredado de las filosofías orientales a los primeros grandes pensadores de Occidente. En esencia se trata de un conflicto con nuestra percepción, de la que obtenemos una versión de la realidad que, al mismo tiempo, intuimos que no se corresponde exactamente con algo que podríamos llamar la realidad real, la realidad objetiva. Si tuviéramos la capacidad visual de los halcones o la olfativa de los perros, ¿cómo cambiaría la realidad que percibimos? O, sin incurrir en estas fantasías, pensemos cuán limitado es el mundo para alguien que nace ciego o sordo. Sabemos que existe una realidad absoluta más allá de nuestros sentidos, pero al mismo tiempo parece que estamos condenados a nunca ser capaces de aprehender esa realidad.

7. ¿Cuál es el mejor sistema moral?

La moralidad, esa serie de costumbres y normas que, de algún modo, nos han permitido sobrevivir colectivamente como especie, ha cambiado sustancialmente con el tiempo, si bien hay algunos elementos más o menos comunes a todas las culturas y épocas (por ejemplo, el incesto, ampliamente estudiado por el antropólogo Claude Lévi-Strauss). Sin embargo, también cabe la posibilidad de que la moralidad sea una pantalla que las narrativas históricas se han encargado de superponer a determinadas épocas, por comodidad discursiva, pero que esta no necesariamente haya sido la norma y, en la práctica, en la cotidianidad, el ser humano sea tan liberal o tan reprimido, tan relajado o tan estricto, lo mismo en la época victoriana que en el medioevo o la que ahora vivimos.

8. ¿Qué son los números?

Una de las invenciones más geniales de la mente humana, los números son sin embargo de una naturaleza en esencia incomprensible. Imprescindibles, de uso diario y, sin embargo, enigmáticos y casi inexplicables. ¿Qué es 2? ¿Qué es 5? De nuevo la tautología como único recurso. Parece que solo podemos decir que 2 es 2 y aceptar que estamos en un callejón sin salida (¿o es un asunto de semántica? ¿un problema nada más lingüístico?

No parece casual que Wittgenstein —siempre Wittgenstein— haya puesto a los números en el mismo nivel que los colores («¿Qué es, pues, algo rojo?», se preguntó alguna vez): «No creas que posees en ti el concepto de color porque miras un objeto coloreado —sea cual fuere la forma en que mires (Como tampoco posees el concepto de número negativo por el hecho de tener deudas.) Zettel, 332».

¿Se te ocurre alguna mas?

 

Fuente original: io9.gizmodo.com/8-philosophical-questions-that-well-never-solve? Traducido y adaptado by Vykthor del artículo en inglés a continuación:

 

8 Great Philosophical Questions That We’ll Never Solve

Philosophy goes where hard science can’t, or won’t. Philosophers have a license to speculate about everything from metaphysics to morality, and this means they can shed light on some of the basic questions of existence. The bad news? These are questions that may always lay just beyond the limits of our comprehension.

1. Why is there something rather than nothing?

Our presence in the universe is something too bizarre for words. The mundaneness of our daily lives cause us take our existence for granted — but every once in awhile we’re cajoled out of that complacency and enter into a profound state of existential awareness, and we ask: Why is there all this stuffin the universe, and why is it governed by such exquisitely precise laws? And why should anything exist at all? We inhabit a universe with such things as spiral galaxies, the aurora borealis, and SpongeBob Squarepants. And as Sean Carroll notes, “Nothing about modern physics explains why we have these laws rather than some totally different laws, although physicists sometimes talk that way — a mistake they might be able to avoid if they took philosophers more seriously.” And as for the philosophers, the best that they can come up with is the anthropic principle — the notion that our particular universe appears the way it does by virtue of our presence as observers within it — a suggestion that has an uncomfortably tautological ring to it.

2. Is our universe real?

This the classic Cartesian question. It essentially asks, how do we know that what we see around us is the real deal, and not some grand illusion perpetuated by an unseen force (who René Descartes referred to as the hypothesized ‘evil demon’)? More recently, the question has been reframed as the “brain in a vat” problem, or the Simulation Argument. And it could very well be that we’re the products of an elaborate simulation. A deeper question to ask, therefore, is whether the civilization running the simulation is also in a simulation — a kind of supercomputer regression (or simulationception). Moreover, we may not be who we think we are. Assuming that the people running the simulation are also taking part in it, our true identities may be temporarily suppressed, to heighten the realness of the experience. This philosophical conundrum also forces us to re-evaluate what we mean by “real.” Modal realists argue that if the universe around us seems rational (as opposed to it being dreamy, incoherent, or lawless), then we have no choice but to declare it as being real and genuine. Or maybe, as Cipher said after eating a piece of “simulated” steak in The Matrix, “Ignorance is bliss.”

3. Do we have free will?

4. Does God exist?

Simply put, we cannot know if God exists or not. Both the atheists and believers are wrong in their proclamations, and the agnostics are right. True agnostics are simply being Cartesian about it, recognizing the epistemological issues involved and the limitations of human inquiry. We do not know enough about the inner workings of the universe to make any sort of grand claim about the nature of reality and whether or not a Prime Mover exists somewhere in the background. Many people defer to naturalism — the suggestion that the universe runs according to autonomous processes — but that doesn’t preclude the existence of a grand designer who set the whole thing in motion (what’s called deism). And as mentioned earlier, we may live in a simulation where the hacker gods control all the variables. Or perhaps the gnostics are right and powerful beings exist in some deeper reality that we’re unaware of. These aren’t necessarily the omniscient, omnipotent gods of the Abrahamic traditions — but they’re (hypothetically) powerful beings nonetheless. Again, these aren’t scientific questions per se — they’re more Platonic thought experiments that force us to confront the limits of human experience and inquiry.

5. Is there life after death?

Before everyone gets excited, this is not a suggestion that we’ll all end up strumming harps on some fluffy white cloud, or find ourselves shoveling coal in the depths of Hell for eternity. Because we cannot ask the dead if there’s anything on the other side, we’re left guessing as to what happens next. Materialists assume that there’s no life after death, but it’s just that — an assumption that cannot necessarily be proven. Looking closer at the machinations of the universe (or multiverse), whether it be through a classical Newtonian/Einsteinian lens, or through the spooky filter of quantum mechanics, there’s no reason to believe that we only have one shot at this thing called life. It’s a question of metaphysics and the possibility that the cosmos (what Carl Sagan described as “all that is or ever was or ever will be”) cycles and percolates in such a way that lives are infinitely recycled. Hans Moravec put it best when, speaking in relation to the quantum Many Worlds Interpretation, said that non-observance of the universe is impossible; we must always find ourselves alive and observing the universe in some form or another. This is highly speculative stuff, but like the God problem, is one that science cannot yet tackle, leaving it to the philosophers.

6. Can you really experience anything objectively?

There’s a difference between understanding the world objectively (or at least trying to, anyway) and experiencing it through an exclusively objective framework. This is essentially the problem of qualia — the notion that our surroundings can only be observed through the filter of our senses and the cogitations of our minds. Everything you know, everything you’ve touched, seen, and smelled, has been filtered through any number of physiological and cognitive processes. Subsequently, your subjective experience of the world is unique. In the classic example, the subjective appreciation of the color red may vary from person to person. The only way you could possibly know is if you were to somehow observe the universe from the “conscious lens” of another person in a sort of Being John Malkovich kind of way — not anything we’re likely going to be able to accomplish at any stage of our scientific or technological development. Another way of saying all this is that the universe can only be observed through a brain (or potentially a machine mind), and by virtue of that, can only be interpreted subjectively. But given that the universe appears to be coherent and (somewhat) knowable, should we continue to assume that its true objective quality can never be observed or known? It’s worth noting that much of Buddhist philosophy is predicated on this fundamental limitation (what they call emptiness), and a complete antithesis to Plato’s idealism.

7. What is the best moral system?

Essentially, we’ll never truly be able to distinguish between “right” and “wrong” actions. At any given time in history, however, philosophers, theologians, and politicians will claim to have discovered the best way to evaluate human actions and establish the most righteous code of conduct. But it’s never that easy. Life is far too messy and complicated for there to be anything like a universal morality or an absolutist ethics. The Golden Rule is great (the idea that you should treat others as you would like them to treat you), but it disregards moral autonomy and leaves no room for the imposition of justice (such as jailing criminals), and can even be used to justify oppression (Immanuel Kant was among its most staunchest critics). Moreover, it’s a highly simplified rule of thumb that doesn’t provision for more complex scenarios. For example, should the few be spared to save the many? Who has more moral worth: a human baby or a full-grown great ape? And as neuroscientists have shown, morality is not only a culturally-ingrained thing, it’s also a part of our psychologies (the Trolly Problem is the best demonstration of this). At best, we can only say that morality is normative, while acknowledging that our sense of right and wrong will change over time.

8. What are numbers?

We use numbers every day, but taking a step back, what are they, really — and why do they do such a damn good job of helping us explain the universe (such as Newtonian laws)? Mathematical structures can consist of numbers, sets, groups, and points — but are they real objects, or do they simply describe relationships that necessarily exist in all structures? Plato argued that numbers were real (it doesn’t matter that you can’t “see” them), but formalists insisted that they were merely formal systems (well-defined constructions of abstract thought based on math). This is essentially an ontological problem, where we’re left baffled about the true nature of the universe and which aspects of it are human constructs and which are truly tangible.

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