Es imprescindible dejar de pensar en el crecimiento económico.

La estadounidense Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA), el más prestigioso organismo internacional dedicado a la monitorización de la temperatura del planeta, nos ha impactado con una muy preocupante noticia: marzo de 2017 ha marcado como hito el ser el primer mes en 1.647 meses en el registro (137 años) en que las temperaturas globales sobrepasan 1ºC la media del siglo XX (ya elevada por el calentamiento global) en ausencia del fenómeno de El Niño, que como recordarán fue muy potente durante el año pasado. Ha sido el segundo marzo más caluroso en los 137 años (el primero fue en 2016) y el quinto mes más caluroso (el resto han sido todos en los últimos dos años). Es evidente que el calentamiento global se está acelerando y que numerosos bucles que lo realimentan positivamente están conjuntándose para ello (disminución del albedo, aumento del metano por el ‘fracking‘ y la fusión del permafrost, aumento acelerado del CO2 por diversas causas…). Prácticamente nadie con unos conocimientos sólidos duda ya de que la causa de este calentamiento es la actividad humana.

El metabolismo de la actividad de 7.500 millones de seres humanos, cada uno de los cuales equivale a cinco humanos preindustriales, es decir, un total de casi 40.000 millones de personas equivalentes, está desequilibrando totalmente la biosfera y, lejos de corregir la trayectoria, cada vez apretamos más el acelerador.

Podemos ver en el siguiente gráfico la evolución del consumo per cápita de energía en los últimos 200 años. Se ve claramente cómo este se ha multiplicado aproximadamente por cuatro desde entonces (ya había subido algo para 1820 desde los niveles preindustriales) y cómo este crecimiento ha sido especialmente fuerte en los periodos 1945-1979 (los ‘treinta gloriosos’) y a partir de 2000 (sobre todo por el brutal aumento del consumo en China).

Aunque no cabe duda de que hay aumentos en la productividad y en la eficiencia, es un mito muy peligroso el pensar que estas mejoras son ilimitadas, y estas creencias demuestran un desconocimiento total de los fenómenos físicos subyacentes. Las mejoras iniciales son relativamente sencillas, pero las subsiguientes son cada vez más difíciles hasta que se vuelven inapreciables. Es la implacable ley de los rendimientos decrecientes, que cualquiera que se haya dedicado a optimizar procesos productivos ha conocido por propia experiencia. Como expuse en este artículo, la Humanidad está aumentando desde hace décadas la inversión en mejoras de la productividad aproximadamente un 7% cada año, mientras que las mejoras conseguidas son del 1%. El resto del crecimiento mundial proviene de aumento en los insumos de la economía.

La economía mundial representa simplemente la producción de bienes y servicios, cuyo significado físico corresponde al concepto de trabajo. Por eso se habla muchas veces, dado que la sociedad humana está compuesta por seres vivos y sus extensiones en forma de maquinaria, de metabolismo de la sociedad industrial, ya que cuando se generan esos procesos físicos que llamamos economía, producimos calor y desechos (que en el caso de la sociedad industrial son materiales inútiles, contaminantes o no, incluidos gases como el CO2), exactamente lo mismo que los seres vivos.

Este metabolismo de la actividad humana está cambiando las condiciones de la biosfera, y cuanto más se incremente esta actividad, más cambiarán

El problema que estamos teniendo, básicamente, es que este metabolismo de la actividad humana está cambiando las condiciones de la biosfera, y cuanto más se incremente esta actividad, más se cambiarán. Muchas personas no se preocupan demasiado por esta cuestión debido a que no consideran relevante un aumento de las temperaturas globales de uno, dos o tres grados centígrados o bien porque piensan que ya encontraremos una solución. Pero ambas creencias son erróneas, al menos en el estado actual del conocimiento. En primer lugar, no hay prueba alguna de que el aumento de las temperaturas vaya a detenerse en 2º C ni en 3º C (1º C ya se ha sobrepasado). Las emisiones de CO2 están aumentando más rápido que nunca, como se ve en el gráfico.

Se sabe que la mayor extinción en la historia de la Tierra se produjo hace unos 250 millones de años. Tan importante fue el evento que marca el límite entre el Pérmico y el Triásico. El 95% de las especies marinas se extinguieron, siendo también enorme, aunque algo menor, la mortandad en tierra firme. A día de hoy, existen evidencias bastante claras de que este proceso se produjo por el desencadenamiento del llamado ‘fusil de clatratos‘, que es la desestabilización de los hidratos de metano del lecho marino, que de esta forma liberan grandes cantidades de metano a la atmósfera. Siendo el metano un potentísimo gas de efecto invernadero, provocó un aumento enorme de las temperaturas de océanos y atmósfera, que fue lo que en última instancia causó la extinción masiva. Esta desestabilización de los hidratos de metano se produjo por un aumento de las temperaturas hasta cierto umbral debido en aquel acaso a masivas erupciones volcánicas.

el desierto y las temperaturas aumentan peligrosamente

En nuestro caso, existe también este peligro de desestabilización, que ya se está viendo en el permafrost de la tundra, pero sería por la liberación masiva de CO2 atrapado en el subsuelo en forma de combustibles fósiles y liberado por nuestra actividad económica.

No hay indicio alguno de que las renovables puedan tomar el relevo, al menos garantizando niveles de consumo ni remotamente parecidos a los actuales. A día de hoy, son engorrosas de usar por los problemas de intermitencias y además caras. En Europa, por ejemplo, las brutales inversiones de más de un billón de euros en renovables no han servido más que para cubrir una minúscula parte del suministro de energía primaria.

Y sobre el tema de otras soluciones como las basadas en geoingeniería, se hallan totalmente en sus inicios. Se sabe poquísimo sobre su coste y resultados.

La única solución racional a todas luces sería reducir la actividad económica mundial

Visto el estado actual del conocimiento y la gravedad y aceleración del cambio climático, la única solución racional a todas luces sería reducir la actividad económica mundial. Sabemos que la felicidad de las personas aumenta rápidamente cuando sus necesidades materiales básicas son cubiertas (comida, seguridad y cobijo), pero a partir de entonces los aumentos de bienes materiales apenas contribuyen al incremento de la felicidad, algo que vemos en el siguiente gráfico. También vemos cómo hay gente muy feliz en países con rentas bastante bajas. Por ejemplo, los colombianos, mexicanos y venezolanos se reportan tan felices como suizos o daneses. Ello casi con seguridad responde a la estructura de esas sociedades, en que la familia y el grupo social es muy importante.

Ello nos lleva a plantearnos la irracionalidad de la insistencia actual en incrementar la producción material a costa de lo que sea, visto que realmente no nos lleva a ser más felices. Muchos de nosotros, si decidiéramos individualmente, no hay duda de que elegiríamos la vía de la moderación. Y si fueran grupos pequeños y cohesionados, probablemente mucho más. Pero la tragedia es que en este mundo enorme y fragmentado en el que vivimos no existe nada parecido a una sabiduría colectiva, y en lugar de comportarnos como un superorganismo inteligente nos comportamos como las bacterias en una placa Petri o las levaduras en un tanque de fermentación. ¿Existe solución a esta situación? Quisiera pensar que sí. De hecho somos muchos y muchas quienes pensamos que sí, a pesar de las enormes dificultades, y nos negamos a arrojar la toalla. Y espero que seamos cada vez más.

fuente: blogs.elconfidencial.com/economia/grafico-de-la-semana/2017-04-21/dejar-pensar-crecimiento-economico-calentamiento-global_1370039

 

El capitalismo como religión, vivir para consumir, felicidad enlatada.

En el célebre texto de Walter Benjamin titulado “El capitalismo como religión” (en realidad un borrador publicado póstumamente) puede leerse, en la línea de la argumentación general que presenta al capitalismo como un culto sin tregua ni dogma, la concesión de un rol esencial y singular, dentro de su estructura religiosa, al fenómeno de la culpa: “El capitalismo es, presumiblemente, el primer caso de un culto que no expía la culpa, sino que la engendra”. A diferencia de las religiones tradicionales, en las cuales la culpa cumple el papel de llevar al individuo a la expiación, el capitalismo no solo fomenta sino que debe su triunfo al arraigo de este sentimiento dentro de la consciencia de los individuos. Por otro lado, la culpa no puede ser de ninguna manera apagada ante un dios trascendente, sino que, por el contrario, necesita reproducirse infinitamente. En este sentido, cabe recordar que en la lengua alemana el término schuld puede significar tanto “culpa” como “deuda”, y que es sobre esta irónica equivocidad que Benjamin nos sugiere poner atención especial en aquel dispositivo que prefigura la subjetividad en las sociedades tardocapitalistas.


Para nuestro tiempo, el desarrollo y expansión del capital ha alcanzado ya esferas sociales no tan estrechamente vinculadas con lo económico, como lo son los procesos culturales, la sexualidad e incluso el lenguaje mismo. En este sentido, los procesos de subjetivación se presentan ahora como inoculados (e incluso motivados) por la estructura religiosa originaria del capitalismo. En qué sentido se muestra la culpa en los sujetos de las sociedades democrático/capitalistas resulta una tarea necesaria para toda pretensión de crítica social hoy en día.
Byung-Chul Han, famoso ensayista actual de filosofía social, ha puesto en relieve el extraño carácter coactivo que adquiere la libertad en nuestra época. Mientras que en las sociedades disciplinarias (es decir, aquellas sociedades en las que puede reconocerse un poder soberano que se ejerce negativamente) el deber señalaba los límites de la acción individual; para nuestra época, por lo demás atiborrada de publicidad y objetos de consumo, las viejas cadenas del tú-debes han sido, aparentemente, suprimidas, logrando así la sensación de una libertad ilimitada para movernos dentro del espacio social. Sin embargo, como muy bien señala nuestro autor surcoreano en su libro Psicopolítica, esta libertad individual no termina sino siendo más coactiva que el deber, pues “confiere al capital una subjetividad ‘automática’ que lo impulsa a la reproducción activa. Así, el capital ‘pare’ continuamente ‘crías vivientes’. La libertad individual, que hoy adopta una forma excesiva, no es en último término otra cosa que el exceso del capital” (Editorial Herder, 2014).

De vital importancia resulta esta “reproducción activa” que todo individuo, a manera de una escisión originaria, entrega al capital para poder vivir dentro de su seno. La libertad se nos es entregada a costa de no poder decidir sobre qué mundo habremos de ejercerla. Retomando la idea benjaminiana de la culpa como elemento inextinguible para poder constituirse dentro de lo social como sujeto, nos vemos hoy constreñidos a una deuda perpetua respecto al consumo, que fenómenos como el de la moda -principio de distinción pero a la vez de gregarismo, tal como lo acotó perfectamente Bauman- no se cansan a cada segundo de revelar. Slavoj Zizek ha señalado, al respecto, que si hay que hablar hoy de un superyó, el mandato de este no sería otro más que el de “¡Goza!”.
En este sentido, el culto invisible al Capital se ejerce en cada compra compulsiva de un objeto de marca reconocida, en cada aceptación de los principios del libre mercas, sino que, antes bien, desactiva toda finalidad que el sistema de consumo imprime en ellos. Así, no se trata de crear otro mundo aparte, sino de profanar ese mundo separado que el capitalismo construye a partir de la deuda infinita que separa continuamente a todo sujeto. Solo así, acaso, la libertad pueda ejercerse desde, por y para una comunidad.do extendidos a otras áreas como el ámbito personal, sentimental, etc. . No obstante, esto no significa que habríamos que abstenernos de alimentarnos o vestirnos para no servir al sistema. Una dicotomía como tal constituye la aceptación implícita de que toda forma posible de uso ha sido capturada por los dispositivos del capitalismo.

Como ha señalado Giorgio Agamben en su breve ensayo “Elogio de la profanación” (en el que esboza una breve interpretación del texto de Benjamin), la inversión de la religión capitalista no ha de proponerse un regreso a un “uso natural” de los objeto.

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fuente: steresis.wordpress.com/2017/05/17/culpa-subjetividad-y-capitalismo